Relatos del Brasil.

Derechos Reservados (C)

 

 

Muchas veces, cuando se visita un país, es bien común empezar a comparar con el país de origen, que si estas cosas están aquí, o que esto otro. Cuando se visita Brasil, es muy difícil no hacerlo, pero la peor preocupación comparativa, es que Brasil es Brasil, no se parece sino a sí mismo, una mezcla de muchas cosas con muchas cosas, pero al final, un país con identidad en medio de la diversidad. Si me preguntasen ahora, cómo es Brasil, yo diría, Brasil es como Brasil, para conocerlo hay que vivirlo.

 

PARTE I

 

    i. La inmensidad.

    ii. Viaje a una isla desconocida.

    iii. La nostalgia alemana.

    iv. La Posada Edelweiss.

    v. Primeros encuentros con la universidad.

    vi. La salvación Paraguaya.

    vii. Bolognesa.

    viii. El café de la mañana en Edelweiss.

    ix. Primeras andanzas por Florianópolis.

    x. La legión forastera.

    xi. Cambio de Margarida a Violeta.

    xii. Comida.

    xiii. Naturaleza.

    xiv. Cenas.

    xv. Cambio inesperado de Violeta a Jazmín.

    xvi. El pescador.

    xvii. El día de los excesos.

    xviii. Alturas.

    xix. El Peral.

    xx. Cerveza.

    xxi. Encuentro inesperado con Fellini.

    xxii. Conversación con Laurindo.

    xxiii. Tres Hipótesis.

    xxiv. Días de Cine.

    xxv. Beiramar Norte.

    xxvi. Una Mujer.

 

    xxviii. A Foz de Iguazú.

    xxix. La ciudad de las maravillas.

    xxx. Las Cataratas

 

 

    Rondas por Itajaí: visita a la familia Nakanishi.

    EL eclipse.

    El día que conocí la Barra da Lagõa.

 

 

PARTE II

 

 

   Las Sirenas.

   La Creciente.

 Iuca, el pescador.

 

 

 

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i. La inmensidad

 

Cuando salí del aeropuerto de Colombia rumbo a Brasil, no tenía mi mente puesta en lo que venía a hacer aquí. De alguna manera, mi mente se quedaba allí en Medellín, distante de lo que me ocurriría en los próximos años siguientes. No alcanzaba a dimensionar la magnitud de mi estadía aquí en Brasil, el proyecto en el que me había metido tanto profesional como personalmente. Solo veía cómo mi gente se despedía de mí en el aeropuerto, pesando tal vez en contar los días para volverme a ver. Yo por mi parte, también lo haría y no tuve más remedio que llorar, combinado sentimientos de felicidad y angustia, en completa ambigüedad. No tuve otra alternativa más que afrontarme a mí mismo, y asumir todo esto que sería mi quehacer durante los próximos años.

 

El viaje, desde el comienzo, resultó ser un conjunto numeroso de cosas inmensas. Todo, de magnitudes descomunales, sin atender a las proporciones. Por ejemplo, el avión que viaja desde Bogotá hasta São Paulo era gigante, con dos pasillos y una pantallita de televisión donde se encuentra el mapa de América del Sur y un pequeño punto, similar a una mosca, que iba haciendo el recorrido del avión. Entonces nosotros éramos aquel puntito diminuto, perdido en medio de la nada, y atravesando un país inmenso, con una selva inmensa... por momentos me acordaba de Fitzcarraldo, un personaje creado por Herzog, que se metió en el Amazonas para descubrir una nueva ruta para sacar el caucho de la selva peruana, y que por poco debe desistir, pues la selva se lo estaba devorando literalmente.  Entonces, qué podría pasar con un grupo de pasajeros estrellados con la selva en medio de ésta?, Bueno si quedáramos vivos?. Afortunadamente, el vuelo fue nocturno, y cuando me asomaba por la ventanilla, solo veía el reflejo de una lucecita que destellaba desde la punta del ala. Probablemente un niño que mirara para el cielo en ese momento pensaría que éramos una estrella fugaz y cuál sería el deseo de ese niño? Si yo fuera él seguramente hubiera pedido uno: viajar.

 

Un avión tan grande en el aire, puede parecer eso, o un punto negro, o una estrella fugaz, pero no es más que polvo.

 

Ya se estaba haciendo de día después de seis horas de vuelo. Yo iba en la ventana del lado oeste, así que no pude ver cómo salía el sol en Brasil. Miré para bajo mucho rato, cuando empezamos a sobrevolar una ciudad, “debería ser Brasilia”, pensé yo, pero no lo era, después de media hora, seguíamos volando esa misma masa interminable de concreto, como si nos hubiésemos quedado quietos, pero, un avión tan grande debe volar más rápido. Después de casi una hora, cuando el piloto dijo “use seu cinto de segurança que vamos a decolar na cidade de São Paulo”, entendí que era definitivamente un mar inmenso de concreto donde se pierde el horizonte. Es una mancha gris...la inmensidad.

 

 

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ii. Viaje a una isla desconocida.

 

El aeropuerto de Guarulhos en São Paulo es definitivamente inmenso. El avión para, y luego de salir, hay que recorrer un pasillo de muchos metros para llegar al puesto de la policía federal. El nueve de marzo, día en el que viajé hacia Brasil, había comenzado una huelga del departamento de policía federal. Entonces, no había quien sellara los pasaportes. Por allá en una cabinita había una señora solitaria sellando el certificado de fiebre amarilla, y después de una hora de fila, un señor bajito, con barba y gordito, parecido al presidente actual de Brasil, se sentó para sellar las entradas. Era impresionante, ni siquiera miraba a los ojos a las personas y lo hacía con una agilidad ejemplar, pero de nada servía eso, pues la fila continuaba creciendo por el flujo de vuelos internacionales que iban llegando cada minuto, en una sala como un coliseo de baloncesto estaban con migo más o menos cinco mil personas esperando por entrar. Téngase en cuenta que esta cifra obedece a una impresión del asunto. Lo mejor de todo, era que nadie se quejaba. Simplemente se mantenía la calma, sin importar cuánto tiempo se hubiésemos viajado para llegar allí. Al final siempre se logra salir, y la fila se fue moviendo con la diferencia entre la agilidad del policía y la llegada de nuevos vuelos.

 

Después de ese tortuoso calvario, de cargar con una maleta buen rato, tenía que buscar mi conexión con Florianópolis, y qué problema, porque empecé a preguntar a dónde tenía que dirigirme para hacer los registros y nadie me entendía, y de pronto si alguno lo hacía, me decía algo que yo no entendía. Yo no sabía si hablar en español, o en inglés o en el ínfimo portugués que sabía, al final solo me pude comunicar por señas, que milagrosamente me llevaron a entender que el vuelo estaba próximo a despegar, pero antes tenía que pagar un impuesto, y yo solo tenía dólares y solo se podía pagar en reales, entonces ahora, dónde puedo cambiar?... Ah! por allá? si? cómo? y para dónde? derecha o izquierda? arriba o abajo? no entendí, y solo andando llegué a una ventanilla donde cambié, y luego regresé a pagar el impuesto, tiempo necesario para ser como siempre, el último en subir al avión.

 

Por eso no alcancé a conseguir un puesto en la ventanilla del avión. Yo creo que el vecino se dio cuenta de mi preferencia, y lo miré con resignación. De repente él empezó a hablarme y me dijo: “Você fala Espanhol?”. Yo no sabía qué me estaba preguntando, o porque, si era que yo tenía mucha pinta de hispanohablante o que... el caso es que tuve que decirle: “qué?”. – “Usted habla español?”, Replicó. Yo le dije: “Sim” y qué alegría por que él también. Era José, un guatemalteco que venía viajando muchas más horas que yo para llegar hasta Florianópolis. Y me confesó: “Es primera vez que vengo al Brasil y nunca he oído hablar de Florianópolis. ¿Qué será?. Usted conoce?” Yo le respondí que no conocía nada, y era verdad, solo sabía que quedaba en una isla y que estaba unida al continente por un puente, además que era allí donde viviría por dos años y que allí hay una universidad donde yo estudiaría, y que cuando decía que iba a estudiar en Florianópolis, me tocaba siempre que era una pequeña ciudad entre Curitiba y Porto Alegre. No más. Eso le dije. Él por su parte venía a cubrir un evento periodístico sobre una exposición de autos...exposición de autos? Que locura. ¿Cómo puede haber una exposición de autos en una isla? Creo que yo estaba subestimando todo. Después él me dijo: “...y dicen que allí las mujeres son muy bonitas. ¿Qué más habrá para conocer además de mujeres?...”Pues hombre...Es una Isla, hay que conocer la Isla”, le dije. Entretanto yo intentaba mirar de reojo por la ventanilla, y solo veía azul para arriba y azul para abajo, y en algunos instantes alcanzaba para ver el litoral. Y me moría de las ganas por una playita de esas que se asomaban a lo lejos. Si qué delicia. Ya llevaba más de 12 horas viajando y me hacía falta un baño.

 

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Florianópolis que tiene como nombre Hercilio Luz, pude comprobar que no es cualquier isla, es una isla muy grande, yo pensé que se podía ver la orilla del otro lado como en San Andrés, pero no, el aeropuerto es una manchita gris en medio de una montaña gigante chocando con el mar. Y dije, “esto si que es un isla desconocida completamente”.

 

El descenso del avión fue por la puerta de atrás, y apenas terminé de bajar las escalas, sentí el pegote que deja la humedad en la piel. Pero más rico!. En ese punto del viaje, yo era un ente. Es que aunque estaba lleno de euforia por dentro, mi cuerpo no la manifestaba. Estaba en una isla desconocida, pero mi mente todavía estaba en la casa. Además creía que esto todo era un sueño. Por momentos tenía que concentrarme bien en lo que hacía porque la verdad es que no me lo creía. Hacía no menos de un día estaba yo en la casa empacando y definiendo todo para el viaje y ahora ya había llegado a mi destino.

 

Mientras recogía las maletas, se acercó una rubia súper rubia como de dos metros para hablarme algo de alquiler de teléfonos móviles o carros o algo así, de inmediato me acordé de José; yo la miré a los ojos y le dije: “Yo no hablo portugués”, ella me dijo algo como “ah! Entonces usted no aplica”, y le dije – “con certeza”. Esbozó unas palabras más que no entendí. Cogí las maletas y me fui a buscar un taxi, y con señas y gestos, español, inglés y cuanta herramienta comunicativa existiese, me entendió que debía llevarme para la posada Edelweiss, sitio que ya había chequeado por internet.

 

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iii. La nostalgia alemana

 

Una de las primeras sorpresas de la isla, era la velocidad con que la gente manejaba aquí. El taxista me llevaba a más de quinientos kilómetros por hora, demasiado rápido, yo ni siquiera alcancé a mirar por la ventanilla para ver la belleza de las gentes y del lugar, para sentir el aire y recrearme con este nuevo panorama, más bien, me sentí en el aire, mis oídos se taparon por la velocidad. Así pues, ni siquiera me di cuenta que ya había llegado a la posada Edelweiss, un lugar super acogedor ubicado en la cima de un morro supremamente ingreme.

 

Toqué la puerta y me abrió una señora con tubos en la cabeza y con la cara algo engrasada por la crema que traía puesta. Me bien recibió, pero no me pronunció ninguna palabra luego que le dije que yo no hablaba portugués en inglés. Le entendí que debía esperar y se fue corriendo tras una puerta para llamar a alguien. Y no tardó mucho tiempo en llegar Laurindo, el propietario de la posada para recibirme y decirme -“Gutten Morguen. Ich haibe Laurindo, Wie haisen Sie?”. (léase: guten morguen, ij jaise Laurindo Vi jaisen si?, o sea, ”Yo me llamo Laurindo, Cómo se llama Usted?”).  mm? ¿Qué fue eso? El hombre me estaba hablando en alemán. Luego, sin ninguna explicación, me abrazo super fuerte. Su cara estaba completamente resplandeciente de alegría. Luego, pronunció otras palabras que no entendí, pero sabía que no era portugués. Ojalá hubiera sabido alemán. Cuando le di a entender que yo no hablaba alemán y mucho menos, que no era alemán, tenía que tener una cámara en la mano para tomarle una foto al individuo cuando su rostro dibujó cierto desconcierto. Yo creo que el hombre añoraba que yo fuese alemán, quién sabe por qué.

 

Le dije, mirando para abajo y con los hombros encogidos: “Soy Colombiano”. –Ah! Colombiano!. Replicó. “Seja Ben-vindo”... Observando la completa desilusión del hombre. Llené unos formularios, y luego él me acompañó por toda la casa, para enseñarme todas las comodidades que tenía.

 

La posada era como un dibujo y preservaba completamente un encanto y una decoración que deduje, eran alemanes. Laurindo, su esposa y toda su familia eran hijos de alemanes inmigrantes y conservaban hasta el idioma. Vivian aquí en Florianópolis en una completa unidad y bajo la orden de su bandera.

 

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iv. La Posada Edelweiss

 

Edelweiss, según lo que le entendí a Laurindo, es una flor que solo crece en los Alpes alemanes a 2 mil metros de altura, y significa “la máxima pasión”. Si un hombre da una Edelweiss a una mujer, entonces imagínense lo que siente.  Después me tiró un dato super exclusivo: Él, además de sentir una nostalgia alemana, quizo construir la posada, tal cual una casa alemana y llamarla Edelweiss en honor a la flor, y por lo que ella significaba y además, porque en una película que para él es la mejor de la historia, que es La novicia Rebelde, el músico Richard Rodgers hizo una canción cuyo título era el nombre de esa flor.

 

La posada tenía cerca de tres pisos. Uno de ellos en donde se encontraba la recepción: una salita muy cómoda, pero bien acogedora. En sus paredes habían fotografías de la familia luciendo trajes alemanes en la sierra catarinense donde nieva, otras fotos en blanco y negro mostraban la construcción del puente Hercilio Luz, el primero en comunicar la Isla y el continente. En fin, todo esto enmarcaba mucha nostalgia. Más adelante pude hablar detenidamente con ellos sobre esas fotografías.

 

Al lado de la salita, se encontraba el inmenso comedor, todo en madera. Los muebles se parecían a los de Gaudí en la Casa Batlló, así todos decorados con figuras naturalistas nada tradicionales como las de los muebles del barroco. Estos eran bien tallados y parecían ser bien finos. El comedor tenía además un gran ventanal con una magnífica vista: la bahía sur de Florianópolis rodeada por las montañas. Después me mostró las habitaciones, que tenían nombres de flor: edelweiss, Margarida, dalia, cravo,tulipa, azaléia, Violeta, camelia, Jazmín, amor perfeito, lírio, orquídea, hortensia, anturium, rosa, crisantemo, bromélia, petúnia. Obviamente me no me mostró todas, pero si una que me encantó: “Margarida”. Quedaba en el piso superior y era bien grande. Tenía un balcón y un baño gigante con jacuzzi, y una cama que me estaba llamando a gritos. Yo me la soñé desde el primer momento, el problema era saber el costo de todo esto. En la parte de afuera, la posada contaba con un inmenso jardín lleno de flores y atravesado por unas escaleritas que llevaban hacia un kiosko y una piscina pequeña. ¿Qué más se le podía pedir a la vida?, tenía todas las comodidades, estaba en una isla y en Brasil! Por Dios. Todo eso junto parecía mentira.

 

Después entendí, que Laurindo me mostró Margarida, porque era la única que tenía libre, lo malo es que costaba cerca de 50 reales por noche, eso en pesos colombianos son $50mil o en dólares son como 16. El desayuno estaba incluido. Después, completó él, podría pasarme para Violeta, más barato, y ya pagando una mensualidad de 450 reales...

 

Decidí aceptar el negocio, tomar a Margarida y luego a Violeta. Así tendría un mes para buscar algo más económico si existía.

 

Subí ansioso mis maletas hasta Margarida, y en menos de un minuto puse a llenar el jacuzzi para tomar un baño allí, después de todo lo que había acontecido. Me eché en la cama un rato. Luego me quedé como una hora en el jacuzzi.

 

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v. Primeros encuentros con la universidad

 

Después de bañarme bien despacio en el baño de Margarida. Me organicé para ir a la universidad. Bajé despacio por las escaleras de madera para no hacer mucho ruido. Puesto que cada paso que se daba, retumbaba muy fuerte en toda la posada. Cuando llegué a la recepción, sonó un pito que alertó de mi presencia a Laurindo. Entonces, se aproximó intrigado. Después de saludarme nuevamente, le pregunté qué camino debía tomar para aproximarme a la universidad. Entonces me dibujó un mapa de Florianópolis. Me dijo en primer lugar que la universidad no estaba muy lejos, que si gustaba ir a pié lo podía hacer. Eso me alegró. Pero también -continuó él- podía coger dos buses: uno el de volta ao morro pantanal y otro de volta ao morro carvoeira, ambos en la ruta del sur y de color azul. Yo no sabía qué era lo que me estaba diciendo ese señor, o por lo menos qué eran todas esas cosas, que morro, que carvoeira, que pantanal...

 

Entonces bajé el morro de la posada hasta la vía principal, y allí cogí el volta ao morro pantanal sul, que me llevó por el barrio de Saco dos Limões (Sacos de Limones) y descubrí que Pantanal era otro barrio, ahora, por qué volta ao morro?.

 

Los buses aquí son llamados omnibuses, son muy grandes, organizados y panorámicos. Solo se detienen en las paradas definidas en las calles. Para entrar, uno paga una cuota a un ayudante que es el que abre las puertas con un botoncito cuando se solicita parada. También él verifica que los ancianos y las mujeres grávidas se sienten en las primeras sillas sin pagar. Todo el resto va para atrás.

 

El ómnibus tiene un puesto privilegiado, que es el que queda sobre las ruedas traseras. Este asiento es más alto que el resto y por ello uno puede mirar quien entra y sale del vehículo, tiene una vista más panorámica que el resto.

 

Durante todo el trayecto el bus bordeó un morro gigante con una cruz en la cima, que se podía observar desde las ventanas izquierdas. Cuando el bus empezó a aproximarse a la universidad, me bajé en la primera parada. Supe que era la universidad porque tenía un letrero grande y alto que decía ufsc (Universidad Federal de Santa Catarina). Entonces empecé a caminar y caminar y caminar y a preguntar dónde quedaba el Centro Tecnológico (CTC), lugar para el cual yo me dirigía. No muchas personas a las que pregunté sabían de eso y me desorientaban, hasta que después de media hora de dar vueltas llegué a mi destino, no sin antes pensar en que todo era una farsa y debía regresar...Es que me lo imaginé todo. Llegó un momento en el que casi me doy por vencido y me desesperé, pues estaba muy cansado y el calor que estaba haciendo era brutal. Esta universidad es definitivamente grande. Se confunde con la ciudad. Pero la verdad es que el panorama era alentador, yo ya me imaginaba jugando fútbol en esas canchas o nadando en la piscina, haciendo mil cosas ahí.

 

En esa semana, estaban comenzando el semestre y se veían muchas personas que parecían nuevas, igual que yo. Aquí todavía estaban disfrutando del verano y la pinta era bien informal, todo el mundo tenía chanclitas tres puntadas; los hombres con bermuda y camisilla y las mujeres bien bronceadas, muchas con falditas bien insinuantes. Las personas aquí son muy bonitas, muchos rubios y altos, pero en general, una mixtura de facciones super interesante.

 

Llegué a la secretaría de postgrado del CTC, y nuevamente tuve que afrontar el problema de la comunicación. Un personaje llamado Wilson, que es el secretario, me decía: “Tranquilo, fala espanhol divagar”. Divagar es despacio, y yo no entendía. Pero él si me entendió y luego me llevó hasta un salón protegido con clave de seguridad. Entramos y allí estaba un profesor bajito y viejo, pero con una cara de sabiduría tremenda. Wilson me presentó con él. Era Hans, el jefe del laboratorio de sistemas de potencia, doctorado en Canadá y una biblia completa. Hablaba alemán, inglés, español y portugués, entonces comenzamos a conversar de todo: de mi viaje hasta ahora, del laboratorio, de la ciudad, etc. Fue muy alentador. Luego, él debió marcharse y me presentó con mis compañeros: “Ele é Davi, o novo estudante colombiano”, y me dejó allí. En medio de mil miradas.

 

 

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vi. La salvación Paraguaya.

 

La muchedumbre prevenida, constituida más o menos por 13 personas, miraba con cierta impresión, no sé debido a qué, pero nada reprochable. Yo me sentía súper bicho raro ahí, empezando por que no tenía la menor idea del portugués, entonces cuando el profesor me presentó, no alcancé a pronunciar palabra alguna y casi me mordía la lengua del miedo a pronunciar algo y errar.

 

Por allá a lo lejos del salón y en medio de la muchedumbre, se levantó Armando. Y me dijo: “Yo soy paraguayo”. Todo el mundo que hasta entonces estaba pendiente de mi, siguió haciendo sus cosas al ver que este personaje se acercó para ayudarme. No sé qué hacían, pero los vi clavados en libros de ingeniería y resolviendo problemas, ecuaciones diferenciales ordinarias de segundo orden, series exponenciales y lagrangeanas, integrales de superficies cilíndricas, etc. . Pensé que si eso era así desde el principio, entonces cómo sería luego?. La verdad es que me asusté demasiado y creo que esa primera imagen de la gente allí clavada nunca se me va a olvidar. La cosa es que la mayoría de ellas habían llegado una semana antes y habían tenido la oportunidad de hacer un curso nivelatorio en el cual se les exigió mucho y probablemente descubrieron muchas debilidades. Además de eso, eran muchachos que venían directo de terminar su carrera y comenzar de inmediato este curso, por tanto, tienen el hábito de estudio bien fresco y no contaminado por la experiencia laboral, que infortunadamente hace entrar algo de pereza a la hora de retomar unos estudios tan profundos.

 

Armando, es personaje muy alto, como los futbolistas de la selección paraguaya, que son expertos cabeceadores por su altura. Es natural de Ciudad del Este cerca de la frontera con Brasil.

 

Muy respetuoso y gentil me empezó a hablar del curso y de todo, tanta información no la pude retener, pero sabía que con tiempo tendría que hacer muchas más cosas, y con seguridad tendría que volver a preguntarle. Él había llegado mucho antes aquí y ya conocía muy bien toda la movida.

 

Me acompañó a secretaría para matricular las materias y organizar el horario de las clases.  Ese mismo día tenía que empezar las clases a las cuatro de la tarde con Análisis de sistemas de potencia, orientada por el profesor Hans. La verdad es que me dio mucha pereza saber eso, pues estaba fundido del viaje y de tanta confusión idiomática. Pero, ya que había llegado hasta la univiersidad, tenía que aprovechar para mirar al menos cómo es que era el hecho de recibir una clase en portugués por primera vez en mi vida.

 

…Y sin duda fue bien difícil entender alguna cosa. Qué preocupación!. El profesor además hablaba extremadamente bajo. No conseguí escuchar. Tomé nota de lo que pude y en cuanto terminó la clase me fui volado volando para la posada.

 

 

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vii. Bolognesa

 

Yo no veía la hora de tirarme en la cama de Margarida para descansar. Llevaba mucho rato sin dormir y 2 horas más que hacían la diferencia horaria con respecto a Colombia.

 

Subí el morrito de la posada. Llegué muerto de hambre, y cansado hasta más no poder. Entonces pedí unas pastas a la bolognesa y me fui a bañar nuevamente en el jacuzzi. Tenía que aprovechar antes de tener que irme de Margarida para Violeta. Puse a llenar la tina y me eché en la cama y mientras veía en discovery chanel ese programa todo bien hecho en el que muestran dinosaurios todos hambrientos, me quede dormido, se me había olvidado todo, hasta que había dejado llenando la bañera.

 

Afortunadamente, sonó el teléfono para avisarme que las pastas a la bolognesa ya estaban servidas. Yo me las soñaba, así deliciosas con una cervecita bien fría…  en el programa de discovery había un animal gigante devorando a otro, comiendo desmenuzadamente cada pedazo de carne del pobre infeliz. Qué cosas, y uno con hambre. Me levanté entonces, fui corriendo a cerrar la llave de la tina, que aún no se había derramado el agua, pero estaba a punto de hacerlo.

 

Ya estaba empezando a oscurecer. Abrí la puerta de Margarida y sin querer, me asomé por la puerta de Rosa, que era la habitación del lado y que estaba abierta. Vi entonces una pareja que me saludó formal. Luego bajé al comedor, bien despacio para no hacer mucho ruido, y vi que la casa cambiaba bastante cuando estaba de noche. El comedor que tiene ese gran ventanal, ahora luce oscuro y sospechosamente recóndito. Nuevamente al pasar por la recepción sonó la campanita. En la última mesa, estaba servida mi bolognesa solitaria, iluminada por una vela. Pero no había nadie por ahí y la campanita que supuestamente tiene la función de alertar, no lo logró. Con la comida hacía falta la cerveza, y entonces para que me la trajeran o por lo menos para pedirla, me fui a la recepción para que sonara bastante la campanita. Tuve que pasar por ella varias veces  y  logró desesperar a Carol.

 

Yo solo quería pedir una cerveza, y que problema, cómo pedir una cerveza? “Excuse me, I want a beer”. Le dije. Pero ella me hizo señas que no entendía, bueno esas señas no sabía si eran para indicar que era sorda o que no entendía el inglés. Pero entonces ella me dijo: “Mais alguma coisa?”.  Por Dios, no sé qué pasaba, pero logré entender lo que me preguntó. Sería que mis oídos estaban aletargados?. Bueno, el caso fue que le entendí y le contesté: “Cerveza”. Ella entendió. Ah bueno. Me hizo nuevamente señas de que tranquilo, que me podía ir a sentar. Era increíble lo que lograba entender con las señas…

 

Me fui rapidito a la mesa antes de que la bolognesa se enfriara y mientras empecé, veía por el ventanal las luces de la ciudad al otro lado de la bahía. Era poco iluminado, y el reflejo de la ciudad aún dejaba ver algunas estrellas en el cielo. A mi me daba nostalgia todo eso, y me asombraba al pensar que solo llevaba dos días fuera de casa  y ya me estaba entrando mucha nostalgia, y saber además que hacía no muy poco estaba disfrutando de Colombia…y ahora tan lejos.

 

El hambre me hizo acordar nuevamente que la bolognesa existía. Entonces, procedí. Olía deliciosa. Y el sabor era excepcional, pero la carne estaba llena de gordos, impresionante. Cuando intentaba masticar algún pedazo, no lo lograba y en cambio parecía mascando de lo lindo, lo peor es que ni siquiera tenía juguito, me sentía como el dinosaurio del programa. Desgraciadamente no encontré pedazo de carne que se salvara, y pensé que cuando llegara la cerveza, haría el reclamo.

 

La cerveza llegó casi cuando ya estaba terminando la pasta y el plato contenía solo los pedazos inservibles de la carne. Me moría de la angustia al pensar en cómo es que yo iba a hacer para hacer el reclamo. Cuando Carol puso la cerveza en la mesa, yo le señalé el plato, y le hice saber que no estuve muy contento con la  comida, ella me señaló que nada. Así le entendí, como si dijese “Ah! de malas”. Creo que no estoy errado. La miré con decepción, y cogí la cerveza mientras ella se escondía en la oscuridad.

 

La cerveza estaba contenida en una lata blanca que tenía un par pingüinos haciendo una especie de corazón incompleto con sus cuerpos y bajo éstos el nombre “Antártica”. La lata estaba bien fría. Me sentí tan feliz tomándome esa cerveza. La saboreé hasta el final siempre mirando los pingüinitos de la lata y con la satisfacción de la barriga llenita.

 

 

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viii. El café de la mañana en Edelweiss.

 

Me levanté muy temprano, todo repuesto después de dormir como un rey en una cama gigante. Me asomé por el balcón para ver el mar. Puse a llenar el jacuzzi para echarme allí buen rato, pero el hambre me estaba haciendo maluquear. Entonces, dejé que el agua llenara mientras fui a desayunar. Bajé bien suave las escaleras para no hacer mucho ruido.

 

En el comedor con gran ventanal estaba servido un buffet de lo lindo. Con buena variedad de panes, quesos, jamón, jugos, café, chocolate y frutas como manzanas, papayas, piñas, naranjas, sandías, etc. Todo a nuestra disposición. Entonces tomé prudentemente de todo un poco, y me senté frente a la ventana para ver el mar y la bahía. Yo estaba allí solo y cuando se me acabó todo, me paré por más. Luego empezó a venir alguna gente: Una monita, creo que era hija de Laurindo, se acercó para recoger los platos de otra mesa. Después vino la pareja vecina de Rosa y con solo mirarla me acordé que en medio del sueño de la noche anterior había escuchado unos gritos orgásmicos muy cercanos. Bueno, eso podría ser un sueño también.

Los vecinos también tomaron de todo un poco y se sentaron en la mesa del lado. Después de ellos bajó una comitiva de muchachos de piel morena. Parecía una familia, pero sin adultos que los controlasen, pues acabaron desmesuradamente con lo que había en el buffet en medio de gritos y algarabías. Hablaban en una lengua extraña, que no era portugués.

 

Yo no quería ser testigo de ese brutal desabastecimiento, y me acordé del jacuzzi. Logré rescatar una manzana para comer por la tarde y luego subí corriendo sin escrúpulos las escaleras. Entré a mi habitación y sin bacilar me eché en el agua, toda calientica y me quedé una hora.

 

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ix. Primeras andanzas por Florianópolis.

 

Mi prioridad aquellos días que era cambiar dinero. Entonces bajé al centro. Cogí el bus de rigor y vi que el asiento del bus que me gusta estaba desocupado. Así que me fui para allá casi batiendo una marca de cien metros planos y en el camino corto estrujé a una señora que llevaba mil paquetes.

 

El ómnibus siguió su recorrido, siempre bordeando el morro, pero esta vez en dirección contraria a la que toma para ir a la universidad. Y no después de mucho rato llegó al terminal del centro: un lugar donde convergen todas las rutas de ómnibus de la ciudad, muy ordenado y aseado, pero atestado de personas.

 

Salí de allí y me dirigí hacia el frente, pues pasando la calle, se encontraba algo así como el cominezo del centro. A partir de allí se empezaban a divisar los edificios de la ciudad. Este límite, tiene como referencia un edificio colonial hermoso que es denominado el mercado de Florianópolis. Es amarillo ocre y tiene un patio central cuyos extremos son las entradas al recinto. En el patio se encuentran muchas mesitas con parasoles apenas como para sentarse allí y tomar una cerveza. El mercado posee además un segundo piso que visto desde un extremo del patio hace que la vista tenga una perspectiva bien bonita. Ese lugar fue el primer mercado de la ciudad, pero ahora es más un sitio de encuentro y referencia de todos los habitantes y visitantes.

 

Detrás de este predio hay un centro comercial tipo sanandresito colombaino, que aquí llaman camelódoromo. Lo llaman así, por que cameló significa venta ambulante y antes la alcaldía reunió a todos los venteros allí para conformar todo un mercado persa lleno de chucherías y aparatejos.

 

Estos dos edificios tienen un carácter bien especial, pues logran contrastar en medio de la arquitectura moderna del resto del centro de la ciudad.

 

El mercado es muy marino. Allí hay cuanto fruto de mar se imagine, con todas las variedades de pescados, camarones y moluscos, es de verdad un espectáculo asistir y sentir esa mezcla de colores y olores que se impregnan en la ropa.

 

Casi frente a este mercado, se encuentra la plaza principal de la ciudad: XV de Março. Allí está la catedral y el árbol emblemático llamado Figuera. Es un gordote y frondoso, da sombra para casi toda la plaza, y bajo él hay muchos viejitos sentados lustrándose los zapatos, comprando lotería o leyendo la prensa y otros, aprovechan la sombra para echarse una siesta o jugar ajedrez.

 

 

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x. La legión forastera.

 

Esa tarde entré nuevamente al laboratorio, con algo de susto, pues temía no encontrar a la salvación paraguaya por algún lado y enfrentarme de una con los demás. Y así fue, no vi a Armando por ningún lado, así no tenía otra alternativa que socializar.

 

Con el primero que tuve contacto fuera de Armando, fue con César, un Caboverdiano, de la isla de Santiago, donde se encuentra la capital. Por causas del azar terminó aquí en Florianópolis. Es una persona ya mayor, pero bien recorrida. Hablar con él es muy interesante, pues se formó como ingeniero en Ucrania, luego, con la dictadura en Cabo Verde, se exilió en Canadá y terminó viviendo en Boston en Estados Unidos, para regresar luego de que terminase la dictadura a las Islas Africanas. Allí, me cuenta él, se dirigía muchas veces a conversar con Cesárea Évora, la cantante de jazz. Yo no lo podía creer. No podía creer que estuviese hablando con alguien que conociese a Cesárea. Lo más coincidente es que ambos nombres comienzan por “Cesar”. Me contaba que se iba para la casa de ella en la isla de San Vicente y pasaba la noche conversando y bebiendo wiskey, al son e algunas melodías. Yo me soñaba estar allí…

 

Además de César, con el que ahora somos tres extranjeros, hay una legión personajes de otras regiones del Brasil, por ejemplo, hay dos de Goiania: Assis y Rodrigo, Carlos y Tales son Paulistas, Samantha es Carioca, Juliano es Paranaense de Foz de Iguazú; de resto, Mariana, Ricardo, Sandra y Robson son Catarinenses.

 

La ventaja de todo esto es que todos nosotros estamos en las mismas condiciones aquí, y puede que esto sea bueno para ayudarnos mutuamente.

 

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xi. Cambio de Margarida a Violeta.

 

Estuve pues en el laboratorio un rato largo conversando con César, quien hablaba español, pues en sus épocas dentro la cortina de hierro conoció muchos latinos. Me preguntó mucho sobre Colombia, la situación, la mala fama que tenemos, el fútbol, el vallenato y demás.

 

A eso de las ocho de la noche salí al paradero e ómnibus para coger el “vuelta ao morro Pantanal” que no tardó mucho en llegar a la posada. Subí el morrito, que ya me estaba empezando a cansar por que es demasiado empinado, y sentí que mis músculos de los pies estaban tomando alguna forma de músculo de Rambo o alguien así. El caso es que llegué súper cansado, sudando y todo a la posada y me estaba imaginando ese jacuzzi con agüita caliente... Toqué el timbre que sonó bien recóndito, como castillo de Drácula y me abrió Carol después de un rato de espera, cuando me estaba convirtiendo en víctima de un inesperado viento frío. Entré, me entregó las llaves, y miré nuevamente para el comedor solitario, y nuevamente sonó la campanita alertando la presencia. Carol me dijo algunas palabras y le dije,”si, ok”, pero la verdad es que no le entendí nada de lo que pronunció. Entonces fui a subir con calma las escalas de madera bullosas y Carol me detuvo y me señaló que no siguiese mi caminó y habló otras palabras de las cuales solo entendí “Violeta”. Ella tuvo que cogerme del brazo para que no siguiera mi rumbo y me haló para acompañarme hasta Violeta. Entonces entramos juntos en el tenebroso comedor, donde estaba la entrada para las habitaciones recónditas de la posada y bajamos por unas escalas que se iluminaron artificiosamente ante nuestro descenso. Una vez abajo, caminamos por el corredor hasta la última puerta. Ya me estaba haciendo la idea de que esa noche no habría jacuzzi. Entonces, así fue como conocí a Violeta. Carol me dejó allí solo con ella.

 

La Violeta era violeta por todas partes. Curiosamente todas mis cosas ya estaban allí arrumadas. No era un espacio muy grande, tenía tres camas, una de ellas dispuesta sobre otra, la cama solitaria tenía sobre sí el televisor colgado en un soporte y lo primero que pensé era que no dormiría allí. El televisor era medio viejito y el control no funcionaba. Por otra parte el baño era tan pequeño que si estaba adentro no podía cerrar la puerta. Tenía una neverita pequeña llena de cositas ricas pero que nadie puede coger por lo caras que son. De lo que si no me podía quejar era de los dos ventanales que tenía y que seguramente durante el día darían buena luz. Contaba con lo básico y ya me tenía que hacer a la idea de permanecer allí por el menos el mes siguiente.

 

Esa noche me acosté después de un baño. Prendí el televisor para ver qué había interesante por ahí y vi en el canal musical un especial del festival de verano de Salvador. Estaba cantando Ivete Sangalo, a quien conocí esa noche. Es una música bien alegre, tipo carnaval. No es samba, es un ritmo que aquí se denomina axé, se pronuncia aché, pero no supe cómo acabó pues me quedé dormido.

 

Al otro día me levanté y el televisor aún estaba encendido. Evidentemente la luz que entraba por los ventanales era inmensa. Me organicé y me fui rapidito para el comedor pues ya estaban siendo las nueve de la mañana.

 

Nuevamente en el menú del café de la mañana había mil delicias. Ahora la especialidad era un pan relleno de arequipe hecho en casa al estilo alemán. Cogí de todo un poquito y me senté nuevamente en mi mesa para mirar para la bahía. No vi por ningún lado a los vecinos de rosa. Siempre que me acuerdo de ellos pienso en ese grito orgásmico que aún hoy no sé si era un sueño.

 

Ese día decidí también caminar por la ruta del ómnibus hasta la universidad, por que estaba haciendo muy bonito día, y en especial, por que en el trayecto había visto una tienda de bicicletas, y quería averiguar una.

 

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xii. Comida.

 

Estudiar en la universidad federal de Santa Catarina, y en general en universidad pública brasilera tiene sus ventajas. En primer lugar es completamente gratuita en todos los niveles de educación como pregrado y postgrado, pero no en cursos de extensión como deportes e idiomas. Además, destinan un porcentaje de cupos para extranjeros por curso. Así, cualquier persona que venga aquí a estudiar, desde que haya pasado, no paga nada.

 

Durante los primeros días aquí en Florianópolis, estaba midiendo mucho mis gastos para poder tener un estimativo del dinero que debía invertir cada día. Entonces, ya con más experiencia en esto del desayuno ilimitado en la posada, cogía más queso, más jamón y más pan, de tal modo que pudiera prepararme uno o dos emparedados bien ricos, y además cogía alguna fruta. Así disfrutaba de mi almuerzo y de la comida. Muchas veces entraba a un supermercado y compraba pan fresco, otras frutas y yogur o leche.

 

Comer sánduches da para estar uno o dos días, pero después se vuelve bien insoportable y uno no puede vivir de comer sánduches todos los días. Lo peor de todo era que no podía cocinar allá en la posada y solo podía guardar las cosas en la neverita.

 

Una vez, estaba hablando como se pudiera con Assis, el goiano. Un personaje supremamente querido y humilde. Es de una ciudad cercana a Goiania en el interior del estado de Goiás, llamada Trindade, que en portugués significa trinidad. Él se formó como ingeniero en la Universidad Federal de su estado y apenas terminó se vino para Santa Catarina argumentando dos razones, que consideré muy válidas. La primera de ellas, era el hecho de profesionalizarse en nivel superior científico y por otro lado, él quería salir de casa y vivir solo, con el objetivo de aprender a estar distante. Cosa que me dio a entender, le está dando súper duro. También dejó allá a su novia, con la que lleva cinco años. Entre otras cosas me dijo también que quería aprender español.

 

Después de compartir impresiones de todo, llegamos al tema candente de la comida. El caso suyo es bien distinto, pues está morando en un apartamentico con cocina. De todos modos, ese día le dije que almorzáramos juntos, y él me dijo que iba a almorzar en el RU. Yo no le entendí, entonces me dijo: “Restaurante Universitário” (téngase en cuenta que en portugués se escribe así, a causa del diptongo ascendente en la última sílaba). “Ah bueno, vamos allá!”, Le contesté yo. Y primero tuve que conseguir un ficho de comida que se compra en el centro de convivencia. Fui con él allí para comprarlo, hicimos una fila medio larga para ello. Después nos dirigimos hacia el RU, justo detrás del centro de convivencia. Allí había dos filas inmensas de personas hambrientas como nosotros. Una de ellas, es para servirse y otra es para que le sirvan. Las personas escogen si quieren poco moderado o mucho de algo y poco de otra cosa o mucho de todo. Nosotros hicimos la fila en la que cada cual se sirve.

 

Aunque es un poco larga y demora tiempo hacerla, da para ver pasar la gente, recrear la vista un rato y conversar.

 

Cuando uno llega al fin de la fila, hay una señora que pide el ficho, y uno se lo entrega, luego las personas cogen una bandeja de acero inoxidable y cubiertos y se van acercando al buffet, donde solo se siente una atmósfera caliente por el vapor. Allí hay unas ollas cuadradas gigantes calentadas con vapor, con arroz y fríjol negro pequeño pero caldudito. Después hay una barra de ensaladas que solo tiene un tipo de ensalada, luego otra con una fruta y después, al final, hay un par de señoras sirviendo trozos de carne.

 

Los fríjoles negros y el arroz siempre están presentes en las dietas, pero el resto va variando con los días: unas veces no es fruta si no gelatina. Las frutas también varían, puede ser manzanas, naranjas o bananos, pero nunca dos al mismo tiempo, lo mismo con la carne y la ensalada: remolacha, repollo, lechuga, zanahoria y agrião, una hierba que se come mucho por acá. Nunca hay bebida diferente al agua que hay en unos tanques inmensos con intercambiadores de calor para mantenerla fría.

 

La verdad es que todo esto es comida de masas hecha para masas. Se tiene que tener presente siempre, antes de entrar al RU, que la necesidad primaria del hombre, fuera de ser feliz, es alimentarse, objetivo que cumple a cabalidad el restaurante, pero quien esté buscando buen gusto y buen sabor allí, tendrá que dedicar mucho tiempo, corriendo el riesgo de no encontrarlo.

 

La ventaja absoluta del RU es la economía, pues allí solo se paga 1.5 reales por plato. En muchos casos, como el de Assis, puede ser más barato que mercar y hacer de comer en la casa y esta es la razón por la cual las filas son interminables.

 

Así pues, Assis y yo disfrutamos ese día de un suculento plato de fríjoles con arroz, zanahoria, naranja y carne encebollada. Cuando terminamos, fuimos a dejar la bandeja pesada de acero inoxidable en el acopio de éstas y nos dirigimos para el laboratorio, en tanto empezó a llover.

 

 

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xiii. Naturaleza

 

Mientras que me iba adaptando al rigor académico, al portugués y al hecho de vivir en Brasil, los momentos de esparcimiento se volvían necesarios.

 

Un sábado de finales del verano, comenzando esta aventura, cogí el mapa de la isla, y al azar escogí una de las 100 playas que tiene, para visitarla el día siguiente. Cerré los ojos y apunté con el dedo la playa de Armação en el sur. En el mapa, cerca de esta playa, estaban también la playa de Matadeiro y la laguna de Peri.

 

Entonces al otro día madrugué para aprovecharlo entero. Subí a tomar el desayuno, un poco de todo, repetí, como de costumbre y guardé lo necesario para el día, o sea, un par de sánduches y unas frutitas.

 

Bajé el morrito ingreme y en la avenida cogí un ómnibus que me llevó hasta la terminal del Río Tavares. Este recorrido toma la autopista del sur, pero se adentra hacia el interior. Por allí se aprecia otra perspectiva completamente diferente de lo que es la ciudad de Florianópolis. Se ve más pobreza, calles sucias y despavimentadas. Se nota algo de marginalidad. Sin embargo, eso no deja de tener encanto.

 

El bus llegó hasta el terminal que aquí se denomina “de transición”. Estas terminales fueron distribuidas a lo largo de la isla en los sectores donde la población es más concentrada, con el fin de evitar la circulación no controlada de omnibuses y el congestionamiento de las vías. Los itinerarios son completamente programados, tanto en las partidas como en los recorridos.

 

Una vez allí, tomé el ómnibus de Armação, que atraviesa hasta el costado oriental de la isla cerca de la población de Campeche y toma el sur por el Morro das Pedras hasta la pobación de Armação. Yo me bajé dos kilómetros antes del pueblo, en la entrada del parque municipal de la “Lagoa do Peri”, en un punto donde se puede ver la arena de la playa y el mar hacia un lado y hacia el otro el bosque que encierra el parque.

 

Entré justo cuando entraba una excursión de viejitos felices pero chochitos. Aunque querían correr para meterse a la laguna, no podían. Una señora que los cuidaba solo gritaba para que ellos no se fueran lejos del alcance de su vista, en tanto un vigilante les hacía la bienvenida y les explicaba las normas del parque y los posibles recorridos que los viejos y los visitantes en general podían hacer. Yo me les pegué a ellos durante la explicación, y luego también en la entrada principal, pues pensé que a los viejos no les cobrarían la entrada. Y así fue, no se las cobraron, pero toda esta artimaña resultó inútil pues al final de la jornada cuando ya me quería ir, me di cuenta que a nadie le cobran la entrada.

 

El parque de la laguna de Peri es algo asombroso. No podía entender como en medio de una isla podía existir una laguna tan grande y tan cercana del mar. Era inmensa y cristalina, y sus playas eran la continuación de las playas marinas del otro lado de la entrada. Tiene forma de muñeco de nieve, o sea, dos bolitas, una sobre otra. Pero uno cuando entra solo ve la bolita de abajo, así que es necesario caminar por un sendero o subir la montaña para ver la otra bolita o el muñeco de nieve todo. Esto es, la bola mayor, o sea los pies, se encuentra hacia el costado este de la isla y la otra, o sea la cabeza, hacia el oeste. Si sigo por el sendero que me mostrará la bolita de arriba del muñeco voy a llegar a otra playa que es la otra orilla de la isla. Bueno, es necesario hacer una abstracción en este sentido. Está además rodeada completamente por montañas bien tupidas de vegetación tropical.

 

Cuando vi toda esa agua allí, no podía creer que fuera dulce, me imaginaba por el contrario algún conducto submarino que uniese el mar con la laguna, entonces, me metí rapidito en el agua muerto de la curiosidad. Me tomé un trago entero. Sentí la arena suave en mis pies y veía pececitos cerca de ellos y la serenidad del agua…me hundí, abrí los ojos debajo del agua y di algunas vueltas canela hasta que me cansé. Luego salí y me eché en la playa para ver toda esa naturaleza junta.

 

El parque tiene dos senderos: el de la izquierda, el “camino da Gurita”, más largo sube hasta las montañas para ver el paisaje desde allí, y llega hasta Riberão da Ilha, al otro lado. Y tiene el derecho, el “camino do Saquinho”, que es bien más corto y bordea la laguna por toda la orilla. Yo escogí el derecho, con la promesa de volver para hacer el izquierdo.

 

Primero hay que entrar en una selva muy espesa, con sendero bien marcado, y después de un tiempo que no supe medir, el panorama se abre completamente para ver la laguna y de ahí en adelante bordearla hasta el fin del fin. Yo me emocioné demasiado y veía como mi punto de partida, allá en la orilla se iba alejando más y más y ya podía ver la formación de la segunda bolita, pero me decepcioné mucho cuando, después de mucho rato encontré un alambrado que delimitaba el sitio con una propiedad privada, lo que quería decir que allí tendría que devolverme. Y no pensé mucho, pues empecé a oír unos perros. Y cada vez los sentía más cercanos. Qué miedo!, lo primero que me imaginé era que me tiraría al agua si me llegasen a alcanzar. Afortunadamente no  lo hicieron, y me devolví por la ruta que había tomado, ahora viendo como mi punto de partida se acercaba más y más… Cada vez más y más, hasta llegar a él.

 

Como antes había mencionado, no leí en letra grande un anuncio rojo, muy difícil de que pasase desapercibido, que decía: “O parque é para toda a comunidade. A entrada é de graça”. No podía creer que esa artimaña fantástica de meterme entre los viejos resultase inútil.

 

La salida del parque fue acompañada de un sol que ya estaba quemando la piel de mis pantorrillas. Esa mañana cuando salí de la posada, miré para el cielo y encontré una nube que juré duraría todo el día. Esa fue la razón por la cual no cargué el antisolar ese día, cosa de la que me arrepentí hasta hoy, pues después de las pantorrillas siguieron la cara, los antebrazos y toda superficie cutánea que quedó desprotegida.

 

Al frente de la parada de ómnibus que sirve al parque y cruzando la carretera había un caminito escondido entre una mata verdísima y demarcado por la arena de la playa. El sonido de las olas me advertía que estaba cerca del mar. Entonces, me adentré despacio, como si estuviese entrando en territorio ajeno, por que quería sorprenderme bastante cuando tuviese el mar frente a mí. Iba también sintiendo el calorcito de la arena en mis pies, aunque ese caminito ya se estaba empezando a cerrar: La vegetación era muy tupida, sin embargo tenía toda mi atención en el encuentro con el mar.

 

Después de luchar un poco con la mata, pude ver al fondo del camino ese azul marino grandioso. El mar estaba superfuerte ese día. Las olas retumbaban tan duro que me aturdían. Y cuando me acerqué para meter los pies, me sorprendí demasiado por las olas tan gigantes. Yo pensé que esas olas inmensas eran efectos especiales de los noticieros o las películas, pero aquí pude corroborar que no es así. Son gigantes y no me voy a cansar de repetirlo. Los bañistas atrevidos que se sumergían en el mar eran hormigas diminutas al acercarse tal cantidad de agua. Así, cuando la ola acudía al encuentro con la playa, generaba un estruendo inmenso, que sacudía todo alrededor. La playa era muy limpia y tenía restos de conchas quebradas por la fuerza del mar esparcidas por todo lugar. Cogí algunas que me parecieron muy bonitas.

 

La playa de Armação se extiende por casi dos kilómetros (eso no lo medí con mis pasos, lo leí en una revista turística). Va desde un punto geográfico clave aquí en la isla que se llama Morro das Pedras hasta la población que lleva el nombre de la playa que limita con la playa de Matadeiro, al fondo en el horizonte está la isla de Campeche, que tiene forma de ballenita.

 

 Armação en portugués significa “trampa”, y adoptó este nombre por los pescadores que moraban allí y que ponían trampas a las ballenas para cazarlas. El procedimiento era más o menos el siguiente: ellos divisaban la ballena a mar abierto, cerca de la bahía de la playa, pues las ballenas se dirigen allí para parir en las aguas cálidas durante el verano. Los pescadores iban hacia ellas y con mucha pericia lograban pescar el ballenato, desviándolo hasta el interior de la bahía, obligando a la madre a ir tras él para rescatarlo, cosa que no haría si fuese otro el motivo, pues por instinto sabe que en aguas poco profundas podría quedar atrapada. Es tanto el amor de la ballena, que va tras su cría hasta quedar encallada en la playa, luego, los pescadores y todos los pobladores del lugar, hacían una especie de convite para llevar la ballena hasta la playa de Matadeiro, nominada así, pues allí era donde ocurría la barbarie final del desollamento . La práctica de casa de ballenas ahora está prohibida, pero el recuerdo de las sangrientas cacerías está bien latente en este pueblo.

 

En todo el centro vital de la población hay dos bares y una iglesia pequeña. A la iglesia de Sant’Ana, construida por la compañía de pesca,  entraban los pescadores arpoadores, tripulantes de las balleneras, para orar antes de ir a la caza, lo hacían para pedir por sus vidas, pues fueron muchos los que morirían en el intento. El sacerdote bajaba las escalas hasta la playa para bendecir las aguas del mar. Ahora, van muchos pescadores, pidiendo por que la pesca de peces sea buena y también para que el mar se porte benévolo con ellos.

 

En Armação solo hay una calle que abarca todo el poblado. Casi todas las casas son de madera, fabricadas por los mismos pescadores. Existen también algunas posadas que reciben surfistas y mochileros.

 

Cuando se camina por la playa amplia, pueden verse muchas personas tiradas en la arena recibiendo sol y tomando mate. Pero no se ve como una turba desesperada manchando la arena, pues la playa es tan basta que cualquier esquicio humano allí se ve insignificante.

 

Terminando la playa, hacia el sur, hay un pequeño arroyo que desagua la laguna de Peri, el agua es transparente y se ven los peces yendo desde el mar en contra corriente hacia la laguna. Para pasar a la playa Matadero hay que atravesarlo hasta la otra orilla, en donde empieza un camino bien corto a través de una montaña, pero siempre a la divisa del mar. Allí, solo hay personas practicando surfing, batallando con las olas y con las corrientes marinas.

 

Después de todo el día caminando, observando todo, sentándome a contemplar la fuerza del mar, era hora de volver a la casa para “descansar”. Seguir descansando…

 

 

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xiv. Cenas.

 

Como el RU solo funciona en semana al medio día, entonces tenemos que ir a comer a otro restaurante que recibe nuestro ficho de comida solo en fines de semana y noches. Para llegar allí hay que subir unas escalas llenas de cuadros que el sol y la humedad han dejado en bastante deterioro. Se ve que en “su época” fueron muy bonitos, pero ahora, tristemente hay que decir que están afeando el lugar. Sin embargo, en medio de ese abandono hay una obra que me llamó la atención. Es un cuadro que señala un cuerpo sentado en una planicie. Su rostro está levantado hacia el cielo y dibuja una expresión de desasosiego. Una mano suya está en la cabeza y la otra está en el vientre. El conjunto del cuadro no es nada figurativo y esboza algunos trazos bruscos del óleo pastel. El cuadro tiene los colores de la bandera de Brasil: verde con líneas amarillas . Muy sencillo, pero bien cautivante.

 

Después de ascender las escalas, se llega a un salón gigante precedido de una inmensa fila de personas hambrientas como nosotros. En la entrada del salón hay un individuo que recibe los fichos. Es un señor con cabello blanco peinado hacia atrás, con una barriga gigante. Él hace como que se siente muy orgulloso de su panza, pues cuando recibe el ficho se la toca y se ríe con todos. Yo creo que es para desear buen apetito con mucho carisma. Sobre la silla del personaje está el letrero inmenso para no perderse: “O bom garfo”, que significa “El buen tenedor”.

 

La comida allí tiene mejor sazón que en el RU, unos días sirven un pedazo de carne de algo, tipo pollo apanado o pescado apanado. Muchas veces es difícil acertar cuál tipo de carne es, a pesar de lo diferente de ambas. Sin embargo es muy gustosa. También sirven harina de maíz o de yuca. De resto, la dieta no varía mucho: fríjol, arroz, ensalada y alguna fruta.

 

Tienen un lavamanos en medio del salón que siempre bloquean para que la gente no se sirva agua y así obligarnos a comprar alguna bebida. Por consiguiente no es posible lavarse las manos antes o después de las comidas.

 

Al “bom garfo” van personas que no son estudiantes. Allí se les atiende sin ningún tipo de restricción sin probar que lo sean como sí ocurre en el RU, siempre y cuando tengan el ficho. Por lo general no lo tienen, y entonces se les ve en el comienzo de las escaleras esperando por la buena voluntad de alguien que les regale uno o se lo venda. Eso si, el hambre se les nota por todas partes. Cuando se les mira al rostro se percibe una angustia o temor por la probabilidad de no conseguir aquello que buscan. Por lo general estas personas son pobres y bajan de la favela a probar suerte para llenar sus estómagos.  

Ahora, otra cosa es verlos salir de allí,  con una mano en el vientre y su rostro levantado para el cielo, como aquel cuadro que hay en las escalas.

 

 

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xv. Cambio inesperado de Violeta a Jazmín

 

Una mañana soleada de finales de marzo, me levanté temprano para ir en búsqueda de garotinha. Ella es una nena azul, de pies a cabeza, claro que sus llantas son negras convencionales. La encontré en una tienda de bicicletas en la vía hacia la universidad. Cuando la conocí, algunas semanas antes en un catálogo, no pensé que fuera tan bonita. Se ve toda forzuda, valiente y brillante.

 

Pedro, quien la armó, es un joven apasionado completamente por las bicicletas. Trabajaba allí desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche y muchas veces, una vez terminada su jornada se iba a montar por la ciudad. Se percibía que la piel se le ponía rozuda y los ojos se le encharcaban cuando empezaba a hablar de bicicletas y cacharros adornadores. Por que eso si, la suya era un compendium de adornos tipo bus de Floresta – Sanjuán, con espejitos, colgandejos, colores innumerables, adhesivos, luces brillantes de colores y cuanta cosilla puedan imaginar y acomodar en el marco de una bicicleta.

 

Es un personaje completo: creo que tiene más o menos mi edad, y nunca se ha afeitado, entonces tienes unos pelillos vírgenes en su rostro, que se nota cuida como a sí mismo. Se pone un casco con figuras de Popeye y Oliva y a continuación, unas gafas con un lente azul y otro rojo, y así se va perdiendo en el horizonte.

 

Después que tuve a garotinha en mis manos, me fui con ella a la posada, pero a la hora de llegar al ascenso del morro me tocó llevarla empujada, pues no daba para subir sobre ella.

 

Esa tarde me abrió Laurindo, y en cuanto vio la bicicleta se puso demasiado feliz, me celebró que la hubiese comprado. Llamó a su esposa, que por cierto aún seguía con los tubos en la cabeza y luego llamó a sus hijos y a Carol. Era impresionante, el escándalo. El hombre sin dudarlo se montó en ella y dio una vuelta pequeña, luego le siguieron Carol y su esposa, mientras que los otros nos reíamos y aplaudíamos.

 

Apenas acabó el bullicio y la algarabía espontánea, guardamos la bici y me entregaron la llave de la Violeta. En el comedor, estaba un hombre de aquellos inolvidables del desayuno desabastecido, miembro de aquella familia sin adultos que hablaban lengua extraña. Yo no aguanté la curiosidad y fui a preguntarle de dónde era. Ahí, el hombre de una percibió que yo también era forastero, y con mucha formalidad me empezó a hablar en inglés.

 

Paulo me dijo que era de Cabo Verde, del mismo país de César, y que había venido con sus cuatro hermanos a estudiar derecho en la universidad. Llegaron en la misma semana en la que yo llegué y estaban en las mismas condiciones. Al final del mes se marcharían para otro lugar. Por el momento -aseguró él- debían sacarle el máximo de provecho a todo. Ahí comprendí aquello del desabastecimiento del buffet. Los caboverdianos son personas muy alegres, algo escandalosas para mi gusto, pero hay que tener cuidado con lo confianzudos que son: después de un rato ya empiezan a hacer chistes con uno y de uno.

 

En medio de la conversación se le soltaron unas palabras de un idioma completamente extraño y novedoso. Yo no le entendí nada y seguro dibujé en mi rostro el signo del desentendimiento por que de una me tradujo lo que había hablado. Era criolés, el idioma autóctono de ellos, que maravillosamente también hablan en Aruba, y en algunas islas del Caribe.

 

Después de haber cruzado algunas palabras con este personaje en el comedor, bajé las escalinatas de los cuartos inferiores y cuando llegué a Violeta, intenté abrir la puerta y ni siquiera la llave entró en la cerradura. Me pareció superextraño.

 

Entonces fui a hablar con Carol y me mostró que la llave que me había entregado era la de Jazmín. Y sí, evidentemente esa era mi llave. Me habían cambiado de habitación.

 

Jazmín era un poco más grande que Violeta. Tenía una cama doble, un sofá y un armario. El baño era un poco mayor, y el televisor no se disponía tan violentamente sobre la cama. La neverita era más grande y llena de cositas ricas. El único inconveniente de Jazmín era que entraba muy poca luz a la habitación, pues, a pesar de tener una ventana grande, estaba completamente condenada, es decir, no se podía abrir. Eso me entristeció mucho, pues tendría que acostumbrarme a noches infinitamente largas allí.

 

Con todo esto, Jazmín me recibió muy bien y con el tiempo la aprecié más y más.

 

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xvi. El pescador.

 

Por primera vez en la historia recordada de la isla estaba ocurriendo un ciclón. Las lluvias se estaban haciendo interminables, y en las noches, cuando el silencio mandaba, solo se sentía el viento pegar fuerte en los techos.

 

La ciudad entró en un pánico descabellado. Las tienditas de barrio agotaron todos sus víveres y triplicaron el precio de sus productos. Las calles quedaron desoladas.

 

Aquí en Brasil nunca antes se había tenido indicio de catástrofe meteorológica y las medidas de seguridad se hacían bien exhaustivas. No permitían que las personas fueran a la playa, ni barcos zarpando, ni pescadores en la costa.

 

Yo me asomé desde el ventanal del comedor de la posada para ver la fuerza de los vientos chocar con las montañas en el movimiento de los árboles. Y en la bahía sur, poco profunda, estaba solitario un pescador intentando sacar algún fruto del mar. Las olas sacudían un poco la balsa, pero el hombre parecía no inmutarse y seguía allí tirando sus redes.

 

El ciclón, que llamaron “Catarina”, se aproximó a la isla con mucha velocidad, pero justo antes de llegar a ella, como un milagro, cambió su rumbo y se dirigió al litoral del estado vecino, en donde no estaban preparados para el asunto.

 

Nuestro amigo el pescador triunfó aquella tarde de ciclón. Con sus manos halaba las redes que había esparcido por el mar, y en medio de su felicidad, su balsa continuaba oscilando sobre las olas del mar.

 

Después del infortunado paso del ciclón Catarina, las lluvias no terminaron, pero eran más leves. Los días sucumbían en la oscuridad de las nubes grises.

 

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xvii. El día de los excesos

 

Ricardo Hinnig es un gordo bonachón superinteligente. Es becado por el gobierno brasilero para realizar su maestría. Cuando está en el laboratorio es la persona más seria y consagrada al estudio, casi chocante, pero cuando sale de allí, cambia completamente. Eso lo comprobé el día de su cumpleaños.

 

Su aniversario fue el primer domingo de abril. Fue muy lluvioso. La bahía sur estaba completamente cubierta por nubes oscuras y a lo lejos, se veían relámpagos. Hacía tres días no paraba de llover por causa del ciclón, y el frente frío, como denominan aquí a todo lo que causa frío, hizo que la temperatura bajara casi hasta diez grados centígrados. Eso durante los primeros días del otoño era bien raro.

 

A pesar de las lluvias y el frío, me fui en garotinha para la casa suya, parando en varios techitos para evitar mojarme. Cuando llegué le pedí a Ricardo una toalla para secarme, y precavidamente había llevado ropas secas para cambiarme.

 

Después de todo este ritual, entré al salón de reuniones donde estaban sus familiares y algunos de nuestros compañeros. El papá de Ricardo estaba asando una carne en la churrasquería. Aquí en el sur de Brasil es muy común el denominado “churrasco”.

 

Aquí se denomina así a toda reunión general que involucre carne de cualquier tipo al carbón, y difiere de nuestro “asado” en que los trozos de carne que se asan no son telas sobre la parrilla dispuesta sobre las brasas, sino un trozo de carne tipo picapiedra atravesada por un super chuzo que la soporta sobre el fuego del carbón. Además de eso, por lo general, la carne en Colombia utilizada en los asados es punta de anca o solomo, aquí no, aquí no tienen esa discriminación. Por lo general al chuzo le adicionan unos pedazos de TODA carne de pollo, cerdo, lingüizas (chorizos) sin discriminación alguna.

 

Después de que la carne está bien asada, entonces, el encargado del churrasco, coloca la presa en un plato, y un ayudante voluntario, la va cortando en pequeños trozos, que otro ayudante voluntario va repartiendo por todos los asistentes. Siempre hay cerveza y gaseosas (que aquí llaman refrigerante), y otros tipos de trago como cachaza y caipirinha.

 

La cachaza o pinga, es el aguardiente brasilero, para mi gusto, bien más suave que el antioqueño, además de dulzón. Pero eso sí, por estos mismos motivos, no menos peligroso. Muchas veces, los brasileros se van al mercado y compran la cachaza, luego la envasan en sus casas en toneles de madera donde adquieren una coloración especial y un sabor a “viejo”. Esto hace el trago más cotizado, entonces, de acuerdo a la ocasión, van abriendo sus toneles con fechas especificadas de añejamiento para beber su contenido.

 

La Caipirinha es una delicia. Es un coctel hecho con vodka o con cachaza y a veces con vino, y con limón macerado en azúcar; de lo más traicionero, pues entra dulcecito, y confiadamente, uno lo va bebiendo tranquilamente. Pero cuando llega el momento de ponerse de pie, comienza la pesadilla.

 

Este día fue bien especial, por que, además de todos estos excesos de carne y licor, nos integramos, nos reímos y nos reconocimos. Me resultó inolvidable, aunque lo que si quiero olvidar fue el día siguiente.

 

 

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xviii. Alturas.

 

Sandra, es hija de descendientes japoneses. Sus abuelos llegaron a Brasil después que  el imperio japonés bombardeó Pearl Harvor. Suponían que este suceso sería bien peligroso, y con suerte huyeron de Nagasaki, ciudad donde moraban. Arribaron a Brasil en navío desde el puerto de Yokohama, una travesía que duró varias semanas, y fueron recibidos en el puerto de Santos en el estado de Sao Paulo junto con otros miles de japoneses.

 

Es bien interesante su historia, más adelante tendré la oportunidad de escribir un poco más sobre la familia Nakanishi, cuando la visité en el puerto de Itajaí.

 

El 27 de marzo, me levanté a las cinco de la mañana, pues Sandra y Leonardo -su novio- y otros tantos, me recogerían en el puesto de gasolina que queda cerca de Edelweiss. En media hora me organicé y estuve en punto para el encuentro, pero llegaron una hora después cuando ya había presenciado mi primer amanecer del sol brasilero.

 

El cielo se iba poniendo claro y las nubes reflejaban en el agua de la bahía los escasos rayos del sol, que para entonces las hacían ver violetas. Era muy bonito. Se veían además los pescadores organizando sus barquitos, garzas y pájaros por todas partes, alegrando el día.

 

Partimos luego hacia el continente. Era la primera vez desde que estaba en Florianópolis que tocaría suelo continental. Aquí, al continente se le considera otro mundo lejano, a pesar de estar bien comunicado por el puente. La verdad, es que la isla es tan cerca del continente que se podría pasar a nado. Yo pensaría que en algún momento del paleolítico o en alguna glaciación  fueron la misma cosa, además por que el mar en el estrecho no es muy profundo y no pueden navegar barcos por el peligro de encallar.

 

Tomamos entonces la autopista brasilera que recorre todo el litoral del país de norte a sur. Esta vez viajaríamos 300 kilómetros hasta un pueblito llamado Ibirama, surcado por grandes ríos y cañones.

 

Fuimos recorriendo toda la costa hacia el norte. El mar se veía tan sublime, tan precioso: las olas haciendo espumas que chocaban con las rocas y la arena. Todavía temprano, el sol resplandecía tímidamente tras las nubes violetas.

 

Cuando dejamos atrás las bellas imágenes del mar, empezamos a notar el cambio en la vegetación y en el paisaje. Los árboles de la mata atlántica quedaban atrás y ahora ocupaban su lugar gigantes verdes y espesos. Nos metimos por unas carreteras de sueños. Seguíamos una estrada a la orilla de algún riachuelo, veíamos cascaditas, subíamos, bajábamos y nos adentramos en lo profundo de aquel valle de aguas transparentes.

 

Finalmente llegamos a Ibirama, donde nos estaba esperando João (Aquí en Brasil los nombres más típicos son João y Maria) en una camionetita volswagen tipo  minibús pintada de mil colores con florecitas y símbolos de paz.

 

João es un vestigio de hippie brasilero. Un personaje completo amante de los deportes extremos, del rock and roll, de la cerveza y de los viajes. Llegó a este pueblito siguiendo un río caudaloso en un kayak, y se enamoró tanto del lugar y de Maria, que desde entonces no ha salido de allí. Es un apasionado por hablar de caminos para recorrer. Me contaba que había caminado algunos parajes del Perú y de la Bolivia. Alguna vez saló sin rumbo en su combi volswagen y terminó recorriendo toda Suramérica y solo volvió a casa después de un año, lleno de rastas y con la barba a los hombros. En Ibirama caminó tanto que descubrió indígenas y personas que no sabían hablar portugués, pues esta región fue colonizada por alemanes que se adentraron tanto en el valle que quedaron aislados completamente.

 

Este hombre nos llevó pues en su camioneta por el interior del valle, siguiendo un camino destapado. El paisaje parecía una foto europea: llena de vaquitas, algunas casas con arquitectura indudablemente influenciada por costumbres alemanas, molinos, duendes, orcos, brujas y elfos.

 

De repente comenzamos a escuchar la fuerza del agua, y nuestro amigo João detuvo la camionetita y dijo: “Aquí é”, nos señaló unos cascos y unos arneses para colocarnos y nuestra emoción fue tanta que no tardamos mucho tiempo en estar listos. Luego se dedicó a amarrar algunas cuerdas bien finas en los árboles cercanos y organizar los mosquetones para la gran aventura.

 

Sin espabilar, Sandra se dejó caer lentamente por aquella pared húmeda de 25 metros. Y fue descendiendo hasta llegar al fondo del cañón donde la esperaba un río hermoso. Los duendes que tomaban baño en aquel río se escondieron al verla. Después de Sandra seguimos todos, y yo fui el último. Se veía todo tan fácil, tan natural, pero cuando llegó la hora me dio un miedo brutal y casi me pongo a llorar. Entonces me tragué una saliva gruesa y me dejé caer lentamente, solo que la euforia fue tanta que comencé a gritar cagado de la risa. No descansé hasta tocar el agua.

 

La pared estaba húmeda y llena de raíces que soltaban el colorcillo de la madera mojada y que sin pesar alguno manchó toda la ropa. Hasta los ojos habían experimentado aquel juguito térreo.

 

Una vez abajo, quería sentir nuevamente aquella sensación asustadora, y sin dudarlo subí los 25 metros por un camino en la ladera del cañón y volví a descender por la cuerda sostenida de mi arnés. Pero esta vez me balanceé como un péndulo gigante y me coloqué cabeza para abajo con las manos abiertas tipo cristo, y seguía con aquella risa nerviosa que ya se estaba tornando fastidiosa.

 

Después de descolgarnos en el vacío varias veces nos bañamos en aquel río hermoso y transparente para jugar como crianzas, saltar en el agua desde una piedrita, y tirarnos agua en la cara y reírnos mucho. Y el buen João nos tomaba fotos.

 

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xix. El Peral.

 

Después de divertirnos como nunca, João nos convidó a comer peras a la sombra de un peral que había en el camino de regreso. Había tantas que se perdían en la tierra, y no era sino mover el árbol para que éstas empezaran a caer. Estaba tupido de peras maduras con un color como el del sol. Comimos tanto tanto!. Al lado del peral había un caminito que se adentraba en medio del monte.

 

La tarde, que hasta el momento se había comportado muy benévola, se empezaba a cerrar. Y comenzó a circular por el valle un viento frío avisando un chubasco. Sin embargo, decidimos tomar aquel camino por sugerencia del buen João.

 

Finalmente, en medio de truenos y relámpagos entramos en el bosque espeso. Seguimos el sendero hasta una cascada que se ocultaba en medio del mato oscuro por la frondosidad de los árboles. Sus aguas aturdían el silencio de aquella paz tipo “laguna azul”. Sin dudarlo mucho, consideramos imprescindible que nuestros cuerpos probasen las aguas de aquel frío manantial, y nos sumergimos hasta coger piedritas con las manos. Solo que era tan profundo que sentíamos pititos en los oídos, pero finalmente cada uno obtuvo su piedra.

 

Después de chapucear un rato largo, y acosados por la lluvia que ya había comenzado, decidimos marcharnos de aquel precioso lugar. Recorrimos nuevamente el caminito hasta el peral, donde nos esperaba la combi de João.

 

 

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xx. Cerveza.

 

Siguiendo la carretera que bordea todo este cañón de Ibirama hay muchas casitas escondidas. Algunas estaban detrás del espeso bosque y a otras solo se les ve el techo sobresaliendo detrás de los copos. En los tejados a veces se veían algunos gatos o gallos de cerámica y algunas rosas de los vientos señalando el oeste.

 

Las casitas tenían unas barandas grandes, llenas de espacio y con unos pasamanos completamente elaborados. Las puertas tenían algunos diseños que remembraban algún párrafo de Goethe. La madera resaltaba en aquellas paredes blancas pues los frisos y los tabloides estaban pintados con ocre o café.

 

Aquel camino estaba enchapado con adoquines hexagonales que se extendían hasta el fin de la vista. A menudo me pregunté sobre la paciencia inmensa que debieron tener aquellos que hicieron aquella ruta florecida.

 

Después de llegar nuevamente a Ibirama, nos organizamos para emprender nuestro regreso a la isla. Y así, ya en la carretera pasamos por una ciudad pequeña que se llama Blumenau, y que es famosa por que tiene varias fábricas de cerveza casera. En algún capítulo posterior describiré la visita más detenida que hice a esta ciudad.

 

Llegamos allí por accidente como si nuestro cuerpo solo se encaminara hacia el alcohol y fuese una necesidad primaria. Y así fue como casi sin darnos cuenta estábamos sentados en un buteco con un ventanal gigante que daba hacia los tanques de producción: El primero de ellos contenía el mosto sin la levadura, luego había otro que contenía el mosto ya con levadura y con una temperatura controlada. Otro tanque tenía una solución de levadura, pero creo que ya ésta había consumido los azúcares del mosto y los había transformado en algún anhídrido carbónico y alcohol, pues el olor era bien penetrante y antidigestivo. Ya en el último tanque estaba el producto final filtrado listo para ser engullido por nosotros.

 

El mesero llegó con un menú de cervezas de todo tipo para escoger, cada una de ellas con algún ingrediente exótico como jengibre o ajonjolí o filtrada en la piedra, rojas, negras, verdes, con ingredientes activos,  o algo así bien llamador de la atención.

 

Todos nosotros escogimos diferentes sabores: Busch, Fritz Muller, Steinhausen, Blumenhof, Spitzkopf y otras tantas. La que yo me tomé era negra, con un cuerpo bien fuerte, y un olor a cebada pura, muy amarga.

 

En las paredes de aquella bierhause había muchos letreros bien simpáticos que aludían a la cerveza, que indagaban sobre la coincidencia en el número de horas e un día y la cantidad de cervezas que caben en una caja de cerveza, o afirmaban que cuando alguien lee sobre los problemas que causa la cerveza, entonces decide dejar de leer, o aquella máxima que dice: “Cuando bebemos nos emborrachamos y dormimos. Cuando dormimos no cometemos pecados. Cuando no cometemos pecados vamos para el cielo. Por tanto, vamos a emborracharnos para ir al cielo”. Y otras tantas que nos hicieron reír demasiado, sobretodo por que venían ilustradas de manera grotesca.

 

Bueno, y después de aquella parada inesperada, decidimos regresar, con la cabeza algo loca por el asunto pensando que viajábamos en la camionetita volswagen de João. Sandra me llevó de regreso a Edelweiss sin que yo percibiera.

 

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xxi. Encuentro inesperado con Fellini.

 

Habían pasado cinco años desde la última vez que vi Amarcord de Federico Fellini. Ese film no es muy común tenerlo en cine, y bueno, ese como algunos otros del mismo director se proyectó  en Florianópolis durante el comienzo del otoño.

 

Amarcord es una película que cuenta la historia de un pueblito llamado Rimini a orillas del mediterráneo italiano. Generalmente el cine europeo ha explorado aquella condición de poner una cámara en un pueblito y retratar lo pintoresco y lo cotidiano, y así, siento envidia de Fellini, pues creo que se divirtió demasiado haciendo esta película: hay unos personajes bellísimos, llenos de colorido y humor.

 

La película va mostrando con mucha musicalidad y llena de delicado humor todo lo que pasa durante las cuatro estaciones del año comenzando por el otoño. La cámara va haciendo un panorama general de los personajes, y despacio se va adentrando en la vida de cada uno de ellos. Retratándolos, haciéndonos saber que viven, que son personas llenas de emoción, de vida, de sensibilidad y de sueños.

 

Amarcord significa “yo me acuerdo”. Quisiera que ese film no se me olvidara, como tampoco olvidar que alguna vez en la lejanía me encontré inesperadamente con Fellini en el otoño y me dijo a través de Amarcord: “Mirá a tu alrededor, mirá el colorido de lo que tenés a tu lado, mirá el humor y la musicalidad, llenate de vida, de emoción, de sueños”. “Amarcord”.

 

 

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xxii. Conversación con Laurindo.

 

Entonces me senté en la salita con Laurindo, pues el hombre, muy gentil, quería conversar un poco mientras nos tomábamos un café. Empezó a hablar sobre su infancia y sus padres alemanes, sobre su vida como inmigrante en Brasil. Me contó que durante la segunda guerra mundial, Brasil ofreció asilo a los europeos que quisieren radicarse en los territorios del sur. Entonces cedió terrenos para la exploración y apropiación. Los padres de Laurindo, así como muchos otros alemanes, polacos, italianos, rusos, austriacos y de toda Europa, vinieron a engrandecer al Brasil.

 

Navegaron desde Hamburgo, aunque eran naturales de Lübeck en el norte de Alemania, y llegaron a Porto Alegre en el estado de Rio Grande del Sul. Allí se abrieron paso a través de territorio gaucho hasta Gramado, en el norte del estado, donde Laurindo creció y conoció sus años mozos hasta que tuvo que salir para buscar mejores condiciones de trabajo durante la dictadura y llegó a este terruño paradisíaco en medio del mar de donde nunca pudo volver a salir de tanta belleza que encontró.

 

Es un hombre demasiado buena gente, muerto de la risa me iba contando esa historia y me advertía como hablándole a su hijo: “quien llega a esta isla no sale más” y luego se cagaba de la risa a carcajadas exorbitantes. Yo no sabía que decir. Inclusive creí que me estaba echando algún maleficio incurable, pero después siguió con las historias de cada detalle de la casa.

 

En la sala de la posada hay muchas fotos expuestas: de la infancia de Laurindo en Alemania, luego en Brasil, de sus padres, de sus hijos, y entre muchas otras, también de Florianópolis. Hoy la ciudad no es el reflejo de lo que fue hace algunos años: una villa de pescadores, tradicional, pequeña. Ahora se abrió paso a la modernidad, y aquellas tradiciones de pesca artesanal fueron cambiadas por el turismo desaforado. Florianópolis es una ciudad “exclusiva”, me comentaba, pues solo viven personas muy acomodadas, viejos jubilados o farándula brasilera. Y siguió hablando de la ciudad, del mercado y del barrio, hasta que se le ocurrió colocarme el siguiente acertijo: “Por qué Florianópolis se llama así?”.

 

 

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xxiii. Tres Hipótesis.

 

Laurindo me formuló las siguientes tres hipótesis para responder el acertijo:

 

La primera era que Florianópolis tiene su nombre por que además de la alta cantidad de inmigrantes portugueses que inicialmente poblaron la isla alrededor de 1750, también vinieron personas Italianas obedeciendo un pacto de cooperación entre los reinos de Italia y el de Portugal de aquellas épocas. Así pues, motivados por la promesa de un futuro mejor, los napolitanos fueron los primeros en salir de la Italia mencionada y se embarcaron hacia las indias del nuevo mundo para llegar a Rio de Janeiro, en donde no fueron muy bien recibidos, y liderados por Flora Cazutti se vieron obligados a organizar una nueva expedición hacia el sur del reino del Brasil. Dice Laurindo que no pudieron resistirse al pasar en frente de la isla, y Flora, decidió que atracaría allí.

 

Por aquellos días, existía en la isla una pequeña viña de pescadores llamada “Nossa Senhora do Desterro”. Flora, realizó los respectivos conversatorios y trámites con las autoridades del pueblo, y así este desterrado conglomerado de italianos lograron situarse en la villa. Flora Cazutti, fue una mujer completamente entregada a los italianos, y procuró su bienestar a toda costa, esto es que siempre estuvieran aliviados, con comida, con trabajo y que no les faltase nada.

 

Así esta mujer nunca pasó desapercibida ni para los viejos habitantes del destierro, quienes empezaron a ver en ella a toda una heroína.

 

Hasta que un día, los monárquicos sintieron que el poder de ella para movilizar a la población estaba creciendo y decidieron detenerla y acusarla sin pretextos válidos según cuenta la historia. Los alguaciles la capturaron, y tal como a Jesús la castigaron ejemplarmente delante del estrecho, y luego la arrojaron al mar con un piano atado al pie. Tal como le ocurrió a Ada McGrath, la mujer de George Baines en El Piano de Jane Campion.

 

El Desterro nunca olvidó a la napolitana y para preservar su memoria hicieron un barrio en los suburbios que llamaron “Flora de Nápoles”. Así pues, con el tiempo, se abrevió a Flora Nápoles, y después vino Florianópolis.

 

Cuando Laurindo terminó esta historia, me llené de sumisión, pues quería honrar la memoria de esta señora. Entretanto, él se alistaba para la segunda hipótesis.

 

Después del Tratado de Tordecillas entre Portugal y España, se establecieron los límites geográficos de los nuevos reinos. Así, España dominaría en todo el pacífico, la provincia de la Plata, Magallanes y la cordillera Andina, junto con sus posesiones en el Caribe. Portugal dominaría el planalto central del Mato Grosso y Minas Gerais y lo que hoy es el nordeste brasilero. El límite de este tratado sería la ciudad de Laguna al sur del estado de Santa Catarina, mucho más septentrional de lo que es ahora.

 

Cuando el rey de Portugal se trasladó para el Brasil, evitando la invasión napoleónica, declaró al Brasil como el nuevo reino, y motivó a los denominados Bandeirantes para que se abrieran paso a través del agreste territorio. Estas expediciones siempre estaban encabezadas por un general del ejército real y un sacerdote. El fin era fundar pueblos, crear rutas, evangelizar a los nativos. Pero lo que realmente hicieron fue devastar y someter todo lo que encontraron en su paso.

 

Con el tiempo, los bandeirantes inconscientemente se extendieron más allá de los límites impuestos por el tratado. Y colonizaron los territorios gauchos en los límites con Uruguay. Cuando los españoles se dieron cuenta del asunto, ya los brasileros tenían pueblos con varias generaciones establecidas.

 

Entonces, se empeñaron en reconquistar el territorio perdido y olvidado, y empezaron una ofensiva naval por el litoral. Por aquellos días ni Portugal sabía lo que tenía, y la isla y el litoral catarinense no tenían guardia civil. Solo un par de cañones para defenderse de piratas ingleses. Entonces, los españoles enviados desde el virreinato de la Plata, conquistaron la Isla del Desterro, y se establecieron allí para comenzar la reconquista del interior.

 

Cuando el emperador de Portugal, João VI, se dio cuenta del asunto, enardeció de rabia y encomendó a su mejor militar, el Teniente Floriano Lopes, la tarea de enfrentar la brigada española. El teniente se movilizó hacia el sur con una flota de 50 navíos y desató una sangrienta batalla que finalizó con el fin del sitio español.

 

Los moradores del Desterro, en agradecimiento eterno al hombre, decidieron cambiar el nombre de su ciudad para “Ciudad de Floriano” o Florianópolis.

 

Esta historia estaba llena de sucesos heróicos tal como la de flora Cazutti. Lo peor es que las veía tan coherentes que no sabría escoger una de ellas como verdadera.

 

La tercera hipótesis propuesta por Laurindo era muy natural y serena. Me decía que cada vez que salía a caminar por las mañanas, sentía como el aire se adentraba en su cuerpo, veía como las montañas vertían sus arroyos en el mar con una paz inmensa. Me describía en general paisajes soñados con pescadores vertiendo sus redes en la bahía, crepúsculos plateados, caminos de flores de mil colores, y un sin numero de escenarios hermosos, llenos de armonía. La isla florece permanentemente con sus paisajes y su naturaleza.

 

En virtud de esto, al Desterro lo fueron llamando ciudad de las flores, y así el nombre de Florianópolis se fue consolidando como el apelativo de la ciudad, hasta que nadie más la volvió a llamar por su antiguo nombre que solo aparece en los libros de historia o guías de viajeros como dato curioso.

 

 

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xxiv. Días de Cine

 

Con el comienzo de la lluvia, no había otra voluntad que entrar en casa y guardarse bajo las cobijas de Jazmín. Yo me sentía triste y me remordía la conciencia el no poder salir a la calle para conocer pero con  tanta lluvia era definitivamente imposible. El agua infelizmente ya estaba empezando a entrar por el techo del comedor de Edelweiss, y bajaba por las escalitas que llegaban a Jazmín, pero se estancaba en un rincón justo antes de pasar bajo la puerta.

 

A pesar de tanta melancolía climática, había un televisor que tenía un canal de películas que me  entretuvo demasiado y que motivó las delicias de varias tardes en la posada.

 

Entre otros filmes vi, “Pavillon of women”, “The Green Mile”, “Hable con ella”, “Godsfor Park”, “Scent of a woman”, “Bourn Identity”, “Time of Butterflies”, “Zoolander”, “Jaw” y “La virgen de los sicarios”.

 

Hubo algunos días que en cambio me iba al cinema, y tal como escribí anteriormente, tuve un encuentro con Federico Fellini en un ciclo retrospectivo de su obra. Yo nunca creí que iba a tener la oportunidad de presenciar algo tan maravilloso en el cine. Pude ver “Roma”, “Amarcord” que es bellísima, “Satyricon”, “La dolce vita” y “La Strada”. Hubiese sido fantástico si presentasen “8 ½ “. Fue un deleite completo. En las noches, soñaba que en verdad me había visto con él y me creí tanto ese sueño que en conversaciones normales hablaba de él y decía que me lo encontraba por las calles de Florianópolis.

 

Así mismo, vi una retrospectiva de Godard, con filmes también en cine como “2 ou 3 choses que je sais d'elle”, “Masculin, féminin”, “Pierrot le fou” y “Alphaville”. Y me sentí muy afortunado de haber tenido esa oportunidad. Fueron días imágenes y momentos inolvidables, de historias llenas de emociones, y que sucumbieron ante el desenfreno académico de la universidad.

 

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xxv. Beriamar Norte.

 

 

No todo podía ser cine en la vida. Ahora conferían otras situaciones cotidianas que conllevaban al estudio y a los días de recogimiento y  “aislamiento” universitario. Con el pasar de los días se venían situaciones complicadas como talleres, listas de ejercicios, exámenes de cuatro horas, programación computacional avanzada y cosas inherentes a la ingeniería.

 

Pero el último domingo de sosiego, salí con garotinha a conocer un poco más de la ciudad. Esta vez el lado norte del centro. Tuve pues que tomar nuevamente la pequeña calle que bordea la bahía sur de la ciudad hasta el centro de convenciones y allí comenzar a tener mucho cuidado porque los carros llevan alta velocidad en la medida en que el asfalto se va haciendo más ancho.

 

La primera fotografía visual que se ve puede apreciar es el Puente Hercilio Luz (igual al nombre del aeropuerto). Si es de tarde, se ve la puesta del sol a través de sus hierros

 

Ahí, debatito del puente hay una fortaleza como las que tenemos en Cartagena. Se llama el Fuerte de Santana. Queda descaradamente debajo del puente en todo el estrecho que une las bahías norte y sur.

 

La historia que pude leer al momento de entrar me decía que su la función era “proteger la villa de Nuestra Señora del Destierro de las embarcaciones no deseadas que venían del norte. Actualmente es el museo de armas de la policía catarinense”. Yo entré allí después de leer aquella insipiente y recatada reseña que no me conmovió para nada. Estacioné a garotinha por ahí, en un rinconcito y me puse a contemplar el atardecer maravilloso de domingo. Ese sol realmente me conmovía, me dejaba muy pensativo en la medida que los arreboles cambiaban a tonos más anaranjados que eran dignos de algún cuadro impresionista.

 

No muy lejos de la garita que escogí para aquella contemplación, había una parejita tomándose fotos prematrimoniales, y robaron la atención de las pocas personas que andábamos por allí. Ella era una mujer completamente rubia, muy rubia de dos metros, similar a aquella que vi por primera vez en el aeropuerto vendiendo teléfonos móviles, y él era un pequeño hombre que le llegaba al ombligo. Estaban todos vestiditos para la ocasión, ella con traje blanco de cola eterna y él con corbatín, traje pingüino, sombrero encintado y chupa de moda! Entre ires y venires, y risas espontáneas de la situación, el sol iba diciéndonos adiós. Después de esa cautivante despedida, salí de allí para andar por la ciclo ruta que va bordeando toda la avenida BeiraMar Norte.

 

La perspectiva urbana de la ciudad desde la ciclo ruta de esta avenida es completamente descomunal. Desde allí se aprecia otra Florianópolis súper exclusiva, con edificios altísimos y bien diseñados de vista al mar, con balcones bien provocativos.

 

A lo largo de la ruta, hay mucha gente en bicicleta o caminando. Llegué luego hasta un pequeño muelle donde había muchos pescadores con sus hijitos tratando de coger algún pez tirando redes o solo anzuelos, y escuchando el mar golpear en los pilares del muelle. Yo me deleitaba viendo todo eso allí, en una completa paz, sintiendo el viento revolcar mi pelo y perdiendo la noción del tiempo, sentía que podía morir allí sin reclamar consolación o clemencia.

 

Volví a casa por el centro solitario y el sereno de la noche.

 

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xxvi. Una mujer.

 

 

Assis, siempre me esperaba para ir a almorzar cerca de las once de la mañana, pues era muy necesario tener compañía para poder conversar mientras se hacía la fila eterna del RU. En eso hubo una mujer que pasó por nuestro lado y que se robó todas las miradas que rondaban por allí, haciendo que la fila perdiese su orden, que los árboles se inclinasen a su pasar, que los pájaros cantasen sui Si Bemoles con admiración.

 

Esa mujer, no sé por qué, era la mujer que me imaginaba cuando escuchaba una canción de Joaquín Sabina que se llama “mujeres fatal”.

 

“Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan,
hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,
hay mujeres que abren agujeros negros en el alma,
hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.

Hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo,
hay mujeres en cuyas caderas no se pone el sol,
hay mujeres que van al amor como van al trabajo,
hay mujeres capaces de hacerme perder la razón…”

 

Sí, son mujeres que hacen morir con solo verlas, y esta nenita era una de ellas: Caminaba y su olor a geranios se inspiraba a mucha distancia, y su rostro armónico irradiaba una sonrisa de Artemisa. A su pasar parecía que el tiempo se hubiese detenido y el viento jugaba con su cabello, así, al mejor estilo de un comercial de shampoo. El caso fue de estupefacción total.

 

Al rato, ya cuando todo aquel suceso había acontecido, cuando los hombres dejamos de disfrutar el colirio, cuando las otras mujeres sintieron nuevamente importantes, Assis me dijo que me iba a enseñar unas fotos muy privativas de esa mujer al llegar al laboratorio.

 

Ya cuando llegó nuestro turno en la fila, después de hablar no solo de las mujeres de Florianópolis; no vacilamos en servirnos mucho como siempre, el fríjol con arroz de rigor, ensaladita y tal. E inmediatamente hartamos con la velocidad con la que los perros comen por la premura de ver aquellas fotos.

 

Así pues, cuando llegó el momento de ver las fotos, aprecié que definitivamente aquella mujer había sido la musa de Joaquín Sabina, después de yacer desnuda en el pasto.

 

“Hay mujeres que bailan desnudas en cárceles de oro,
hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad,
hay mujeres atadas de manos y pies al olvido,
hay mujeres que huyen perseguidas por su soledad”.

 

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A Foz de Iguazú.

 

Antes de viajar para el Brasil, miraba el mapa de Suramérica como un completo sueño. Iba redibujando algunos caminos ya recorridos por los andes y por el litoral pacífico, pero siempre contemplé al Brasil como un destino lejano y misterioso.

 

Sabía que Florianópolis hacía parte de las cercanías gauchas y guaraníes, y que en algún momento tendría la oportunidad de visitar aquellos territorios partiendo desde la isla.

 

Exactamente un mes después de arribar al Brasil, la universidad organizó un viaje técnico para la central hidroeléctrica de Itaipú en el oeste del estado de Paraná, en Foz de Iguazú. Solo podían ir allá estudiantes de pregrado. Cuando divulgaron el asunto, me fui a hablar con los organizadores argumentándoles que, pese a ser estudiante de postgrado, yo quería ir allí y quería hacer lo que fuese para ello, y les argumenté que un colombiano en estas lejanías no tiene estas oportunidades tan frecuentemente, y al final, logré inscribir mi nombre en la lista.

 

La salida fue una tarde calurosa de viernes. Entré al bus y cogí un puesto adelante. No llevaba nada de equipaje. Más tarde las otras sillas se llenaron con chavales que ya andaban borrachos; y con ellos, cajas y cajas de cervezas. Había mucha algarabía y alegría. Todo esto me recordaba los paseos del colegio a Marinilla o a Confama (pero sin la cerveza).

 

Yo me sentía pues muy afortunado de tener esta oportunidad de viajar nuevamente, de salir por la carretera en bus y ver los paisajes. No podía ocultarlo. Ya, en medio de la fiesta que ocurría dentro del bus, me gustaron mucho las músicas que cantaban y los chistes que difícilmente entendía.

 

A mi lado se sentó Kleber Souza, un cearense que había sido igualmente convidado para el viaje. Hacía poco tiempo había llegado de Fortaleza, en el nordeste brasilero, para hacer su doctorado. Todo lo que él decía nos dejaba asombrados a los que estábamos alrededor suyo, pues lo hacía con una coherencia y credibilidad bien grandes. Sus manos acompañaban sus palabras en todo momento.

 

Hablamos mucho mientras veíamos entrar la noche y continuar la algarabía.

 

El bus paró un par de veces. Se sentía frío, y la niebla se apoderaba de nuestro entorno hasta el punto de no vernos entre nosotros aún estando cerca. Las luces de unos platillos voladores rompieron aquellas nieblas y nos asustaron.

 

Ya cansados, no podíamos dormir, pues la fiesta, la música y los gritos se prolongaron hasta salir el sol en Foz de Iguazú.

 

Ho hubo tiempo para descansar después de la agotadora noche. Desayunamos en una panadería donde hicimos fila de media hora para entrar al baño; y luego con prisa nos dividieron en dos grupos. Unos irían a la represa y otros a la subestación eléctrica, y luego nos alternarían. Nos exigieron usar pantalones largos.

 

La subestación eléctrica de Furnas es una completa macro estructura que irradia. Al andar entre los diferentes espacios del terreno, se van sintiendo los campos electromagnéticos que erizan los pelos. Lo que hace este lugar interesante en el mundo de la ingeniería eléctrica, es que la energía generada en las máquinas de Itaipú es convertida de energía de corriente alterna a energía de corriente directa a través de un puente rectificador inmenso, para ser transportada hasta São Paulo evitando así un incremento en las pérdidas de energía por calentamiento de los conductores eléctricos, pues en este caso, la impedancia inductiva es cero. Es algo que parece complejo, pero en realidad es algo simple. En sí, para una persona normal, todo este paisaje es carente de interés, y con el calor de la mañana, con seguridad habría maldecido aquella concentración de dispositivos megaindustrialesfuturistasconcreto.

 

Casi al mediodía nos llevaron a la central de Itaipú. En el vestíbulo nos colocaron unos cascos rojos y luego nos pusieron al frente de un balcón panorámico desde donde se apreciaba aquel monstruo. Uno allí se siente nada, ínfimo, arena, hormiga.

 

La central de Itaipú es ahora la mayor del mundo. Tiene un lago artificial que parece un mar, y una represa de concreto que sostiene todo este volumen de agua. Ella sola genera toda la energía del Paraguay y buena parte de la energía consumida en Brasil. Sus máquinas son tan grandes como los platillos voladores que vimos la noche anterior. El río Paraná en este punto es una completa alucinación. De un lado está Brasil y del otro el Paraguay y sus laderas pedrosas dibujan algunos rostros y figuras que miran intimidantes.

 

Sin embargo, tanto asombro y grandilocuencia no quita el cansancio y el hambre que para entonces ya se hacían incontenibles. Era el final de la tarde.

 

El bus nos llevó luego al hotel donde pasaríamos la noche. No sabía que además teníamos un buffet libre, lo cual me sorprendió. A Kleber y a mí nos dieron la habitación 666, y al instante nos miramos con los ojos tan abiertos como los de un pez, y nos imaginábamos que durante la noche sucumbiríamos en las garras de Belcebú, como sí sucedería meses después en otro paraje brasilero; pero el cansancio nos lo hizo olvidar tal miedo.

 

Antes de dormir pasamos al comedor para cenar. Todo era muy elegante y muy completo. Había todo tipo de platos como pez de agua dulce, solomo bien asadito, pollo a la milanesa, muslitos fritos, conejo; y acompañamiento de arroz y fríjoles negros infaltables. Había también todo tipo de verduras y frutas para comer a voluntad. Y lo mejor vino luego cuando descubrieron las tortas y helados que tenían preparados para el momento indicado.

 

 

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Rondas por Itajaí: visita a la familia Nakanishi.

 

Sandra, mi compañera de laboratorio, y su novio, Leo, me invitaron a visitar a la familia Nakanishi en el puerto de Itajaí. Ella dirigía su auto hacia el norte, y nosotros dos no pudimos sostener alguna conversación con ella, pues quedamos completamente dormidos, mecidos por el andar, y solo despertamos al llegar a su casa.

 

Los abuelos de Sandra vinieron del Japón desde Yokohama antes del incidente de Nagasaki. La familia Nakanishi se radicó en São Paulo, donde nacieron ella y su hermano. Luego, el Señor Nakanishi llegó a Itajaí para trabajar, trasladado de su empresa.

 

Nos recibieron con abrazos y listos para la cena. La abuela que vivía también con ellos, apenas modulaba algunas palabras en portugués.

 

La casa era totalmente japonesa. Tenía un zaguán en el que dejábamos los zapatos para caminar por el piso de madera. Después del corto corredor que proseguía al zaguán, estaba una pequeña sala con una separación de fosumas, que son estas paredes semitransparentes que se desplazan a conveniencia para abrir o cerrar espacios. Los muebles tenían algunas caligrafías japonesas. Su color oscuro contrastaba con el color de las paredes claras. Asimismo, estos enseres eran bajos, parecían cojines con patas. Para que los comensales se sentaran: debíamos esperar que el Señor de la casa así lo indicara.

 

Luego nos convidaron para el comedor, que estaba dentro de la cocina. La mesa abundaba en frutos de mar: sushi, sushi con salmón, con camarones, chopsui de mariscos, caldos japoneses y un sinnúmero de minucias marinas deliciosas elaboradas por la Señora. Yo no cogía un palito chino desde que Marta me enseñara sin éxito algún día.

 

Los Señores Nakanishi estaban contentos. Nos preguntaban muchas cosas a cerca de la maestría. A mí me preguntaban sobre cómo era Colombia, mi ciudad, las personas. Luego nos contaron cosas del Japón, de la crisis del campo, de la política japonesa. Terminamos de hablar ya entrada la madrugada.

 

A la tarde siguiente, de sábado oscuro y nublado, fuimos con el Señor a caminar por el muelle. Se le veía mirando para el horizonte. Mirar para allá es mirar para adentro, veía el gran Atlántico grandiosos que no baña las costas de su isla.

 

Nos decía que la mar es tierna y hermosa, pero puede ser cruel y encolerarse súbitamente. Él hablaba del mar como si fuera una mujer, como “algo que concebía o negaba grandes favores; y si hacía cosas terribles, era porque no podía remediarlo, tal como llevar a Ulises a otros lugares menos a Ítaca, por ejemplo”.

 

Aquel fin de semana estuvo apañado por la llovizna. En un par de salidas más, caminamos por Camboriú, por el centro y por algunas playas. Nuestras horas venían acompañadas además por el estudio, algunos toques de guitarra, fotos del Japón y de São Paulo y mucha comida.

 

 

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EL eclipse.

 

 

Hace 5.000 años, los sacerdotes caldeos conocían la trayectoria de los astros a punto de predecir con precisión la fecha de los eclipses, a los que atribuían un significado de desgracia y malos presagios. Únicos conocedores de los secretos del cielo, estos primeros astrónomos se valían de sus conocimientos para aumentar su poder e influencia atemorizando a la población. Decían que "adivinaban" cuándo el sol se ocultaría detrás de la luna y cuándo la luna desaparecería del cielo, cubierta por la sombra de la tierra. No sabemos cómo los caldeos denominaron al fenómeno, pero 2.500 años después del auge de la civilización caldea, en los ejércitos de Esparta y Atenas, se llamaba ekleipon a los desertores, palabra derivada de eklipsis, que significaba abandono o desaparición. A medida que los griegos avanzaron en el conocimiento de los astros, tomaron esta palabra para designar la periódica "desaparición" del sol y de la luna.

 

El 27 de octubre esperamos con muchas ansias que el cielo se despojara de sus nubes y diera paso al encuentro directo con la luna llena. Ese día, tal como fray Bartolomé Arrazola y los mayas del cuento de Monterroso habían predicho, se daría a cabo un eclipse.

 

Nosotros estábamos muy pesimistas para apreciar el encuentro que algunos atrevidos denominan “menage a trois"  de los astros, pues las nubes de aquellos días no dejaron ni que el sol resplandeciera, ni apreciar el azul del cielo, ni que la lluvia parase.

 

Pero luego, como un milagro suscitado por la felicidad de ver la luna, los que estábamos allí presentes empezamos a aullar al cielo en medio de nuestra euforia colectiva. Éramos una jauría indomable batiendo nuestro llanto agudo la gran bóveda. La luna roja atestiguaba nuestra musicalidad milenaria.

 

Y de repente surgió el vino y surgió la guitarra que en adelante acompañaron el tumulto. No veíamos nuestra cotidianidad. No creíamos que fuéramos lo que éramos por que no teníamos la oportunidad de pensarlo. No debatíamos el problema del conocimiento, a pesar de que algún atrevido convocó la tesis platónica de que “ya todo lo hemos visto en una orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer”; acción que evidentemente no nos atingía en aquel instante. Yo recordé que Borges me dijo que Bacon escribió que “si aprender es recordar, ignorar es de hecho haber olvidado”. Decidimos pues ignorar todo razonamiento y continuar con este placer dionisiaco no racional con el vino y la música, y sentir que nuestro espíritu era nuestro ekleipon del cuerpo.

 

 

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El día que conocí la Barra da Lagõa.

 

La historia comienza cuando conocí a Fany Montenegro.

 

Una vez que Guber, el colombiano, hizo un asado en su casa, no recuerdo cuál era el motivo de la reunión. Allí estábamos varias personas de Latinoamérica toda: paraguayos, bolivianos, dominicanos, y en mayoría, colombianos y brasileros.

 

La carne, preparada con bastante minucia, estaba muy deliciosa. Todo el evento en sí fue una buena ocasión para hablar un poco de cosas graciosas y en general, de todo; como por ejemplo reinados de belleza, política económica latinoamericana, viajes, el caribe, los andes, sábados felices, idiosincrasia y otras cosas realmente mágicas de nuestra tierra.

 

En un momento de la tarde, me puse a conversar con ella. Era una peruana hermosa, que llevaba un año en la isla, y para entonces, hacía su segundo año de maestría en administración en la Universidad Federal. Era pequeña, con facciones bien peruanas, bien bonitas.

 

Hablaba mucho de fotografía y del Perú. A mí esos dos temas me gustan. Conversamos de los cielos de las Ruinas de Saqsawaman, el sol que atraviesa las paredes talladas de Chan-Chan y el reflejo de éste en las fachadas coloridas de Trujillo, el azul del Titicaca en la isla de Amantaní, el gris de Lima, los faroles en las plazas de Cuzco y Arequipa, las grandes nieves que adornan el camino a las terrazas de Moray. En sí, un compendio completo de imágenes que revivían las sensaciones del viaje pasado.

 

Así pues, algunas semanas después, quedamos para cocinar juntos. Ella vivía en un punto donde la Lagõa da Conceição se desagua para el mar. Su casa daba con el comienzo del canal y tenía un pequeño muelle desde donde se podía saltar al agua.

 

Aquella tarde cocinamos un pez de carne blanca y suave, condimentado con cebollas. Mientras el pez se asaba, conversábamos sobre Vargas Llosa y su relación con el colegio militar Leoncio Prado, sobre cinema peruano y Francisco Lombardi. Vimos además algunas fotos que ella tomó, y algunos libros de fotografía que siempre la acompañaban.

 

Más tarde, desde este lugar, caminamos hasta una pequeña aldea de pescadores, justo donde termina este canal que mencioné antes. La aldea tenía algunas calles angostas que desordenadamente se dirigían hacia el canal donde había barcos de MIL colores. Sobre éste colgaba un pequeño y débil puente que se abalanzaba con el paso de las personas. Lo atravesamos y cruzamos luego por un caminito de cuento de hadas hasta una pequeña playa de rocas gigantes y arenas finas donde posaban algunas sirenas y gaviotas. Caminamos por las piedras para ver romper las olas. Allí tomamos muchas fotos.

 

Yo me enamoré de todo ese paisaje, y me repetía que allí quería vivir, que este sería un nuevo sueño.

 

 

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Las Sirenas.

 

Después de un miércoles atípico de capoeira, por el masificado incremento del ejercicio físico que nos dejó sin brazos, pies y espaldas, decidimos ir a tomar juguitos naturales en la avenida Beiramar norte, allá a la orilla del mar.

 

Los jugos eran de sabores exóticos como piña con menta, naranja con mango, sandía con maracuyá, limón con manzana y al final nos comimos entre todos una taza llena de açaí que Thaís había pedido. Luego vino otra que Cristina y Cristiane ordenaron.

 

La noche estaba completamente entregada a la contemplación estelar, a no dejarse de maravillar por el celeste tupido de brillos merlinescos. Y así, motivados por un cachito de luna menguante que se escondía tras algunas nubes, decidimos ir para la playa. Eran cerca de las once de la noche.

 

Viajamos hacia el norte de la isla por toda la carretera. Por ser mitad de semana, no había muchos carros, así que llegamos muy rápido a nuestro destino. Subimos un morrito por un sendero oscuro y tupido de árboles, y desde allí podíamos oír las olas del mar, su sonido parecía una melodía celestial similar a aquella que Dante experimentó al entrar en el cielo en busca de Beatriz. A nuestro lado derecho estaba la fortaleza de São José de Ponta Grossa, un castillo edificado en una península sobre una colina que sobresalía. Tenía una arquitectura que me recordaba al monasterio de San Lorenzo del Escorial cerca de Madrid, muy grandilocuente, pero llena de cañones oxidados.

 

Más hacia adelante empezamos a sentir la arena en nuestros pasos, tal vez los mismos pasos que algunas ninfas, ondinas o nereidas recorrieron otrora. El oscuro desdibujaba la silueta de nuestras niñas adelantadas.

 

La marea había subido. El caminito terminaba dentro de sus aguas frías, y nuestras tres mujeres se habían perdido completamente de vista.

 

De repente comenzamos a escuchar algunos cantos fantásticos en el horizonte marino, era una pulsión completa, imantada, atrayente que nos hacía ir más y más adentro en el mar. Nos sentíamos como Ulises sin ataduras ante el canto de las sirenas que lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Contentos sin nuestras estratagemas, fuimos en pos de aquellos cantos con inocente alegría. Fugazmente, vimos primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos y desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, y ellas, más hermosas que nunca, se aferraban a las rocas con sus manos. No pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los ojos, el placer de las melodías vocales en nuestros oídos.

 

Ante nuestra admiración casi magnánima, el espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de nuestro horizonte personal, y precisamente cuando nos hallábamos más próximos, ya no supimos mas acerca de ellas.

 

No éramos ladinos, los dioses habrían penetrado en nuestro fuero humano. Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación, pero aquella vez no teníamos salvación alguna.

 

Después de la alucinación sentimos que nuestras tres mujeres nos llamaban desde la playa. Era hora de regresar.

 

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La creciente.

 

Una noche fría en Barra, estábamos tomando algunos fernet con cola. Hablábamos de las tragedias pictóricas, y en particular, de aquellas películas que nos hacían recordar la desgracia de la existencia, las posibilidades de su desaparición. Ya en tragos vino la trascendencia del asunto, el fin de la soberanía del hombre sobre la tierra y los cuestionamientos inherentes a las tradiciones humanas en cuanto vida, el fin que no hacía más que remembrar a Sartre cuando decía: “antes de nacer no somos nada, después de morir no somos nada y la vida es un intermedio entre la nada y la nada (…)”, así lo vieron algunos personajes de Sófocles y Esquilo también. Y bueno, ya era un momento sumamente extremo tocar el tema de la nada y del existencialismo sartriano y los pormenores de la tragedia griega; entonces era mejor dejarlo de lado y seguir hablando de aquel imaginario apocalíptico propuesto por el cinema. Por ejemplo, las películas en las que el sueño se confunde con la realidad y ésta con los recuerdos, como Solaris de Tarkovsky; o aquellas últimas del fin de la existencia humana como las catástrofes climáticas o naturales; o más aún, aquellas de la esclavitud corpórea a manos de las máquinas de los Wachosky. Pero nosotros queríamos darle un matiz a lo hecatómbico tal como lo proponía Korosawa en “Rashômon” o Truffaut en “400 Golpes”: La tragedia desde lo simple, el fin de los hechos a partir de los encuentros cotidianos y mezquinos, y concluimos que nuestro fin está más cerca de lo que creíamos.

 

Un tiempo después una de las “sirenas” me convidó a hacer una torta de chocolate en su casa, para luego ir a una fiesta con movida cultural en la Universidad Estatal. El Zumbalaeka era una fiesta que proponía, en términos generales, una integración de los grupos artísticos de Florianópolis y el reencuentro con su público, en algo que realmente defendía Galeano: el arte es un producto de primera necesidad. El nombre, Zumbalaeka hay que desmoronarlo lentamente para entenderlo: Zumba lá e acá (baila allá y acá); y la fiesta, en sí, tiene el mismo sonido de estas palabras.

 

Llegamos por una carretera de barro, sin iluminación, guiados por un pequeño e insuficiente mapa. A lo lejos podíamos ver las luces del lugar. Había algunos carros que interferían el paso, y por tal motivo debimos dejar el nuestro en la orilla del camino. Sentíamos después unas batidas de un rap que nos llevaron hasta el sitio preciso, mientras nuestros pies se sumergían en el fango. Una vez allí, apañados por el frío, disfrutamos de las danzas afro-brasileras, de los toques eruditos de berimbau, de la energía de las personas que solo querían desvanecerse en la noche estrellada. Queríamos bailar allá y acá, con todos, y la noche fría se ocultó tras el calor de los cuerpos.

 

Ya caída la noche, en el cansancio, la sirena me llevó de regreso hasta la Barra. Escuchábamos Violent Femmes. Antes de entrar en casa, fui a mirar la mar, pues sentía unas olas fortísimas que me aturdían. Y, dirigiéndome por la calle estrecha que me llevaba hasta ella, me fui derritiendo de temor, al ver como sus olas habían ahogado la ancha arena y se adentraban hasta que alcanzaron mis pies. Era el temor del fin, aquel que se nos acerca sin preguntar, y que hace temblar el cuerpo. La mar crecida me inundaba con sus espumas y golpeaba los jardines con sus troncos mohosos. Unas olas empujaban a las otras, así que cada vez se hacía más fuerte. No pude seguir y me costó trabajo comprender lo que estaba sucediendo, pero cuando decidí volver, ya tenía el agua fría a las rodillas. Cuando regresé a casa, antes de subir las escalas, el agua  me llegaba a la cintura.

 

Estas imágenes del fin que había propiciado aquella noche de fernet, estaban allí, en el día de la creciente, así como también las palabras del francés: “Si nada fui, nada seré, entonces ¿qué soy ahora?” ¿Un pez?

 

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Iuca, el pescador.

 

Los primeros días en Barra vinieron acompañados del deslumbre de lo nuevo. No tenía menos encanto que escuchar la mar en las noches durante el sueño, el hecho de dar unos pasos después de salir de casa, para sentir que los pies se sumergiesen en la menuda arena clara y luego, dejar que las olas, con  su espuma, tocasen los talones.

 

La vida en Barra era la misma mar, aquella que reflejaba las completas tonalidades de azul del cielo, la que traía a mí el rostro de mi hermana.

 

Una vez fui con Mateo, el francés, para ver cómo Iuca, el dueño de nuestra casa, arreglaba unos pescados. Eran chicos, con boquita cerrada, ojos grandes como canicas y aletas cortas.

- ¡Lo conseguí hoy!- Nos dijo. “Estos cazú son muy buenos fritos. ¿Quieren?”

El francés y yo nos miramos, ¡y con nuestros ojos lo decíamos todo!

 

Iuca preparó una pequeña olla, lavó algunos y nos dijo: “fritos, eh!”. Mateo los recibió y luego hubo alegría infinita.

 

El viejo era flaco. Vestía siempre una gorra blanca, una camiseta de mangas largas y un pantalón corto azul. Siempre estaba descalzo. Tenía algunas arrugas profundas en la parte posterior del cuello, y una sonrisa de su buen humor que marcaban sus dientes de conejo. Sus pecas corrían por su rostro más desordenadas que nunca, y sus manos gruesas tenían algunas cicatrices, tal vez causadas por las redes de pesca. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto. Como diría el mismo Hemingway:

 

 

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Referenciado en: http://www.republicacafe.com/yeartwo/casas/correos.html